Los
humanos tenemos querencia por los extremos: por el amor o el odio, la
velocidad o la desidia, la comedia o la tragedia. No hay que
sorprenderse, pues, de que la enfermedad de una estrella se convierta
en un drama del que todos participan, unos para confiar en la
recuperación y otros para empezar a escribir su necrológica.
Desde que se supo que Michael Douglas padecía un cáncer
de garganta, se han leído artículos en prensa en un
sentido y en otro. Su aspecto demacrado de las últimas semanas
ha hecho que algunos medios especulen con que el viaje que ha
emprendido con su mujer, Catherine Zeta Jones, y sus dos hijos (Dylan
y Carys) será la despedida más íntima del actor
a su familia. Sin embargo, en esta reciente imagen, en el Disneyland
de Orlando, se aprecia una recuperación notable, casi
asombrosa si tomamos como referencia sus fotografías tomadas
en Nueva York.
Su aspecto muy pálido, golpeado tanto por el
tratamiento como por la enfermedad, se ha transformado en solo un par
de días, adquiriendo luz y bronceado, incluso ganando color en
su cabello. ¿Otro trabajo de Photoshop? Tal vez, aunque si eso
ayuda a vender optimismo, tampoco debería considerarse un
engaño denunciable. Además, puestos a dejarnos llevar
por nuestra naturaleza extremista, mejor entregarnos al radicalismo
más positivo que a la carnaza morbosa.