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Bienvenido a la “ciudad slow”

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“Se buscan ciudadanos interesados en los viejos tiempos y en la importancia de la lenta sucesión de las estaciones”. Este cartel podría recibirnos a la entrada de Begur, en Girona. Si tú eres uno de ellos, te están esperando.

¿Estás dispuesto a aparcar las prisas y disfrutar de cada minuto? Entonces, bienvenido a la “ciudad slow” (lenta, en inglés). Un lugar donde, en apariencia, el tiempo transcurre igual que en cualquier otro. El café tarda lo mismo en salir de la cafetera, el despertador suena puntual y los recibos nunca llegan con retraso. Obviamente, sus habitantes no caminan a cámara lenta ni su corazón late más despacio. Pero lo que aquí no hay son prisas. Y eso marca la diferencia. En un lugar de estas características, el objeto de culto se inventó hace mucho. No es un iPhone con un sin fin de aplicaciones para acceder a Twitter. Tampoco ofrece itinerarios rápidos ni atajos para llegar a la oficina y ni siquiera suena “bip bip” cuando está listo. El objeto que todo “ciudadano slow” desea tener es, ni más ni menos que, una mecedora en la que sentarse a ver el atardecer. Su función, su precio y su lento balanceo la convierten en imprescindible. “Porque lo más buscado hoy no es ganar tiempo, sino todo lo contrario: perderlo con encanto y buen gusto”, asegura el escritor canadiense Carl Honoré, autor del libro “Elogio a lentitud”.

Rechazo a las prisas

Begur, en Girona, es una de las seis poblaciones españolas que han obtenido el estatus de “Cittá Slow”. Este privilegio, otorgado por un comité italiano, cuna del movimiento, lo comparten en España, Pals (Girona), Bigastro (Alicante), Rubielos de Mora (Teruel), Lekeitio y Mungia (ambos en Vizcaya). Estas localidades han desterrado estrés para mantener una buena calidad de vida de sus ciudadanos. Se trata del mayor elogio urbano a la lentitud, que nació hace una década en Bra (Italia) como rechazo a las prisas y que se ha convertido en un código de conducta para un centenar de ciudades en todo el mundo, desde Gran Bretaña y Alemania hasta Japón, Suecia o Brasil. En Bra, el reloj de la torre va media hora retrasado por decreto, como una especie de manifiesto por calma y contra la urgencia como ley de vida.

Pasito a pasito

“Cittá Slow” es la última consecuencia del carácter inconformista del sociólogo y crítico gastronómico italiano Carlo Petrini. Él fue el primero en apostar por las virtudes de la cocina “lenta” (“slow food”), cuando en el año 1986, inició una férrea campaña para evitar la apertura de un McDonald’s en la Plaza de España de Roma. Su iniciativa resultó fallida, porque el establecimiento de comida rápida (“fast food”) sigue en la plaza, pero por lo menos logró que el local retirara su logotipo luminoso. Tras esta campaña, Petrini, nacido en Bra, fundó una organización dedicada a fomentar el consumo de productos ecológicos y de temporada. Como logotipo escogió un caracol, emblema de la lentitud. “Cittá Slow” nació en 1999, con el fin de combatir el ritmo de vida frenético. En este caso, el caracol lleva una ciudad a cuestas. Y es que para ser “slow” no vale cualquiera. La primera condición para formar parte de la red es tener menos de 50.000 habitantes. Joan Catalá, alcalde de Begur y presidente de “Cittá Slow” en España asegura que conseguir este sello no ha sido difícil, “trabajamos para preservar lo que ya teníamos, lo que hemos hecho es continuar con esa línea”.

Pero hay más requisitos. Si se quiere tener este sello de calidad, los centros urbanos de las ciudades deben estar cerrados al tráfico, apostar por una arquitectura medioambiental que reconstruya espacios históricos y priorice las zonas verdes, aprovechar las nuevas tecnologías para el uso de la ciudad... Además, la ciudad lenta debe contar con una gastronomía de temporada, ecológica y de calidad, y fomentar el consumo de productos autóctonos como el “peix de roca”. Asimismo, la defensa del pequeño comercio debe ser férrea, como la de la agricultura sostenible y las tradiciones locales, lo que ha dado pie al “slow shopping”, “slow growing”...

Control al ladrillo

Por si esto fuera poco, estas localidades deben contar con sistemas ejemplares de reciclado de basura. Pero la condición indispensable para plantar la “bandera slow” es frenar la desmedida ambición urbanística que ha pasado por encima de ciudades enteras. “No significa que no dejemos construir, pero que se haga con cabeza, siguiendo unos parámetros. Buscamos mejorar el territorio, no ocuparlo”, insiste el alcalde.

¿Cómo se traduce a la vida real este manual de utopía? Para Frank, enólogo francés en viaje de negocios, la tensión para lograr que un restaurante le haga un pedido de vino no ha desaparecido durante su estancia. Pero asegura que se siente mejor al saber que Begur responde al calificativo “slow”. Es un código compartido: ambos valoran y respetan las cosas hechas con tiempo, al detalle.

Con todo, a Begur no ha llegado aún el caracol (logotipo “slow”) que la identifica. Y por llegar, tampoco llega la cuenta que ha pedido Marta, nieta de un paisano, a la que han tardado mucho en cobrar un café. “No, si no pueden negar que son lentas”, suspira con paciencia.

SABER COMER, SABER VIVIR. LLUÍS FERRÉS, CHEF

Cocina como habla, a fuego lento y con mucho mimo. Lluís orquesta la calurosa cocina del hotel Aigua Blava (situado entre las calas de Fornells y Aiguablava) sin perder la calma. Su equipo, compuesto por 28 personas, se mueve entre los fogones rápido, pero sin prisas y sólo interrumpen su trabajo para observar cómo el chef se entretiene en preparar un “suquet de peix de roca”. Fiel a la filosofía “slow food”, en sus menús mandan los productos de temporada.

PIONERA DEL “SLOW SHOPPING”. MARTA PUIG, DISEÑADORA

A esta ex periodista de profesión se le iluminan los ojos cuando habla del movimiento “slow”. Y es que para ella es casi como una fé. “Intento que mi tienda sea un multiespacio en el que comprar sea una experiencia familiar” asegura Marta. Ella apuesta por la compra reflexiva en detrimento de la “compulsiva”. En su tienda, “Viva Bombay”, reciclar es un arte: las alfombras se convierten en bolsos y los saris, en coloridos vestidos.

LA FELICIDAD TE AYUDA A DORMIR. CLARA DATO Y JOAN LLUIS, HOSTELEROS
 
Al entrar al Hotel Aiguaclara, un palacete indiano de finales del XIX, se entra en un sueño hecho realidad. La apuesta personal de Clara y Joan es un lugar tranquilo, que ellos mismos se han encargado de restaurar y decorar con muebles reciclados o recuperados. “Sé que podría cobrar más, pero me gusta el cliente que tengo. Además, subir el precio conllevaría más obligaciones, y me gusta mi vida tal y como la tengo ordenada”, asegura Clara.

LA POLÍTICA DEL SABER VIVIR. JOAN CATALÁ, ALCALDE DE BEGUR Y PRESIDENTE DE LA RED CITTÁ SLOW EN ESPAÑA

Es regidor de 4.300 habitantes a los que, desde hace poco más de un año, se les considera “lentos” pero en el buen sentido de la palabra. Catalá está orgulloso de llevar este standarte, que aboga por una mejora en la calidad de vida de sus ciudadanos y él es un claro ejemplo de esta filosofía. El acalde, que va en moto a trabajar y la aparca a las afueras del pueblo, es un hombre de risa fuerte y buen comer. “Nuestro compromiso es que el vivir bien dé el paso del individuo a la comunidad, aunque todavía nos queda mucho camino por hacer”. Joan fue el único en hacer la gracia de caminar a cámara lenta mientras aseguraba que ya hay varias poblaciones españolas en lista de espera para entrar el el selecto club de “Cittá Slow”.

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