Son el otro rostro de la Cosa Nostra, las esposas, madres e hijas de los capos. Pero su papel está cambiando. De compañeras sufrientes y cómplices han pasado a ser las herederas por derecho de la guerra sucia en el sur de Italia.
Shobha, mi fotógrafa; Letizia, su madre y yo estamos sentadas ante la prisión de Ucciardone, en Palermo. Las mujeres esperan a que comience el horario de visitas. Sentadas a la sombra, se refrescan con el abanico y huelen a perfume. Ninguna mujer de la mafia dejaría de ir a visitar a su marido a la cárcel. Una de ellas se asemeja a una Anna Magnani trágica. Me pregunto si me la habré encontrado ya. ¿Tal vez en el tribunal de alta seguridad de la ciudad Caltanissetta? Mientras se llevaban a cabo los procesos contra los asesinos de Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, las mujeres de los mafiosos no se perdían ni una sola vista. Ellos se sentaban en jaulas de barrotes y las buscaban con la mirada. Las llamaban las “viudas de blanco”.
Ley del silencio
Por las mañanas, eran las primeras en ocupar los asientos de la sala del tribunal y por las noches eran las últimas en marcharse. Es el deber de toda mujer de la mafia. La Anna Magnani trágica llegaba la primera. Se sentaba en su banco y ya no se movía más hasta el final de la vista. Más tarde llegaban las esposas jóvenes, con sus permanentes, sus labios pintados de lila nacarado, sus párpados azulosos y sus pamelas. Un viaje de bodas a las Maldivas, una cocina y un reproductor de vídeo habían bastado para comprar su silencio. A las esposas de los capos presos, la mafia les endulza con dinero la ausencia de sus maridos. Si están insatisfechas, pueden hacer que sus hombres tengan ideas extrañas. Cuando el juez daba por terminada la vista del día, los maridos les lanzaban besos con la mano. Ellas se los devolvían, sacaban sus pañuelos y los ojos se les llenaban de lágrimas. Eran madres sufridas, llenas de esa abnegación que sólo las mujeres sienten cuando están seguras de estar en el lado correcto.
Las mujeres que esperan ante los muros de la prisión se han puesto sus vestidos más nuevos, floreados con grandes escotes o de lunares con bustiers. En San Luca, en Calabria, las mujeres casadas vestían de negro. También ellas están convencidas de estar en el lado correcto. Por los protocolos en los que se registran las escuchas, en ningún modo se sienten mujeres tolerantes de hombres violentos. Apoyan a sus maridos de una manera activa, y no sólo en sus negocios ilegales, sino también en la planificación de sus cruzadas de venganza: en una visita a su marido en prisión, la después encarcelada Giulia Alvaro le preguntó si debía, en su lugar, sacar unas armas de su escondite y llevárselas a otro miembro del clan; Sonia Carabetta se hizo bastante útil como mediadora entre su hermano y el asesino Marco Marmo. Las mujeres se disfrazan, llevan mensajes, ocultan a fugitivos, preparan asesinatos y mantienen el vínculo entre los capos convictos y el clan, con lo cual pueden ganarse incluso el título de “sorella d’omertà”, hermana del silencio.
Madres peligrosas
“Muchas desgracias, muchas tragedias del sur han venido de las mujeres, sobre todo cuando se convierten en madres”, decía el escritor siciliano Leonardo Sciascia. Al igual que en la Cosa Nostra y en la Camorra, en Calabria las mujeres transmiten la cultura de la mafia de generación en generación. Son las madres las que reclaman las venganzas sangrientas, las que mantienen vivo el recuerdo de los muertos y las que preparan a sus hijos para la vida en la ’Ndrangheta.
Las esposas son el fundamento de la mafia. Al entrar en la organización, un hombre debe jurar no codiciar a la esposa de otros y llevar una impecable vida de familia. Las razones son más pragmáticas que morales: una vida familiar sospechosa, o incluso una amante rezongona, constituyen un riesgo para la seguridad. Claro que tienen amantes, pero lo llevan con absoluta discreción. Formalmente, no está permitido aceptar a ninguna mujer en la Cosa Nostra, pero ella pertenece a la organización sin necesidad de tanto formalismo. No es el hombre, precisamente, el que educa a los hijos para que mantengan una obediencia ciega a la mafia, sino la mujer. A diferencia de la mafia, la justicia italiana siempre valoró menos las capacidades de una mujer. Como si no estuvieran en condiciones de actuar o pensar por su cuenta. Aun cuando una esposa haya vivido en la clandestinidad durante más de 20 años con un asesino fichado, a ella no se la considera cómplice, ni siquiera se la inculpa por prestar su ayuda. Ninguna mujer puede ser obligada a declarar en contra de su esposo. Y por eso es tan valiosa para la mafia. La esposa es intocable. Pasa mensajes a su marido preso u oculto, administra el tráfico de drogas, el lavado de dinero...
Machismo judicial
Las pocas mujeres de la mafia que han acabado delante de un tribunal han sido absueltas, ya que muchos jueces italianos se convirtieron en víctimas de su fe en el patriarcado: no se las puede hacer responsables; seguramente actúan obligadas por las instrucciones de sus maridos. Poco a poco se ha ido imponiendo la certeza de que la imagen de la esposa inocente que no sabe nada de las actividades criminales de su marido es una leyenda en la que la mafia, por lo menos, nunca creyó.
Cuando por fin se abre el portón de entrada de la prisión de Ucciardone, las mujeres se agolpan frente a él. Apenas hemos cerrado las puertas, empezamos a hablar sobre ellas. “Mujeres a las que uno no quisiera encontrarse en la oscuridad”, como dice Salvo, nuestro chófer.
Recordamos nuestra visita a Corleone para ver la vivienda donde vivía con sus hijos Antonietta “Ninetta” Bagarella, la mujer del capo encarcelado Totò Riina. La suya fue una clásica boda de la mafia: Ninetta nació en el seno de una antigua familia mafiosa de Corleone. Su hermano, en pleno ascenso en la jerarquía, tuvo el honor de ser asesinado por su futuro cuñado. Ninetta se enteró cuando ya estaba casada con Riina, pero la noticia tampoco le habría impedido celebrar la boda. El negocio es el negocio. A diferencia de su marido, que no pasó de la primaria, se licenció como maestra y, entre los mafiosos, que ni siquiera dominan el italiano, eso fue una ventaja: ella fue, durante mucho tiempo, la única en condiciones de leer los expedientes de los procesos y negociar con los abogados. En 1971, a la edad de 27 años, fue la primera siciliana acusada de pertenecer a la mafia. Se le imputaba servir de correo a capos en la clandestinidad. Ninetta desempeñó con éxito el papel de esposa inocente y perseguida: escribió peticiones, reunió firmas de madres de Corleone, y hasta presentó un llamamiento a la Comisión de Derechos Humanos de La Haya. Ante el tribunal, dijo: “Soy una mujer, y me confieso culpable de amar a un hombre en el que confío”. El juez dictó una sentencia leve y ordenó una vigilancia policial a la que ella puso fin pasando también a la clandestinidad. La vida familiar de los Riina fue inobjetable, incluso durante los ocho años de clandestinidad. La mafia se ocupó de todo. Mientras Antonietta enseñaba a los niños a sumar y restar, al lado se preparaban atentados. Oírlo todo, verlo todo, pero no decir nada. Si algún periodista se atrevía a hacerle una pregunta al final de una vista, respondía: “Mi esposo no es como vosotros creéis. Es demasiado bueno y ha sido víctima de las circunstancias”. Poco después de nuestra visita a Corleone detuvieron a Giovanni, su hijo de 18 años, por participar en palizas, encubrimiento, chantaje, pertenencia a la mafia y asesinato. Su madre lo consideró una víctima. Una vez más se sentó y escribió, con su letra impecable de maestra, una pieza brillante de amor materno siciliano que envió al diario la Repubblica: “Culpan a mis hijos por ser los hijos de su padre Riina y de su madre Bagarella, un pecado hereditario que no podrá ser borrado. ¿Por qué la gente no puede ver a mis hijos como a otros adolescentes, tan normales como los demás?”.
La verdad vive
Rita Atria era una chica siciliana. Tenía 11 años cuando su padre, un capo, fue asesinado y 16 cuando mataron a su hermano. A los 17 se suicidó. Rita quiso vengarlos hablando de la mafia a la Justicia. Por ello su madre la repudió y la chica vivía en Roma, bajo nombre falso, con la viuda de su hermano. Ambas estaban llenas de esperanza, hasta que el fiscal del Estado, Paolo Borsellino, fue asesinado. Una semana después del atentado, Rita saltó desde la séptima planta de un edificio.
La madre de Rita, Giovanna, no fue al entierro de su hija (en la foto). Ocho mujeres cargaron sobre sus hombros su féretro, las integrantes del comité Mujeres contra la mafia. Su tumba fue adornada con una lápida en la que ponía “La verdad vive”. Meses después de su muerte, su madre acudió a la tumba para destruir a martillazos esa inscripción. Era preciso borrar aquella traición a la familia. Había que lavarla, frotarla, hacerla añicos. Cuando conseguí hablar con esta mujer sólo repetía, una y otra vez, que su hija había actuado mal, muy mal.
La periodista alemana Petra Reski es una autoridad en literatura anti-mafia. Este reportaje es una adaptación del capítulo “Mujeres de la mafia”, de su libro “Mafia” (Seix Barral).