Especiales

Página XIII

Por la noche llamé a mi tía Marta para pedirle que hiciera alguna donación a la iglesia de San Juan Bautista. Se enfadó conmigo por la petición, recriminándome que no tuviera más consideración por el modo de gastar el dinero de la familia. La engañé diciéndole que don Antonio era fundamental para la investigación que estaba llevando a cabo y que en mi opinión, debíamos tenerle contento para que colaborara.

Pensé que el pobre cura se habría llevado un disgusto si me hubiera escuchado hablar así de él, pero a mi tía Marta no la habría convencido de otra manera. A ella poco le importaba la bondad de don Antonio y sus dificultades para sacar adelante su iglesia. Así que la convencí de que al menos hiciera una donación en metálico para ayudar a la reparación de la cúpula.

No fue hasta cuatro días después cuando encontré la ansiada partida de bautismo de mi abuelo. Me puse nervioso, porque al principio no estaba seguro de que fuera la que buscaba. Teniendo en cuenta que mi abuelo había repudiado el apellido de su madre, cambiándoselo por otro más corriente, el de Fernández, tardé en comprender que aquel Javier Carranza era quien buscaba.

Bien es verdad que los apellidos Carranza y Garayoa no son muy corrientes, y menos en Madrid, pero aun así se me pasó por alto por el Garayoa. Sí, ahora sabía que la madre de mi abuelo se llamaba Amelia Garayoa Cuní.

Me sorprendió que tuviera un apellido vasco y otro catalán. Curiosa mezcla, pensé.

Extraje del sobre la foto que me había dado la tía Marta como si la imagen de la joven pudiera confirmarme que, efectivamente, ella era aquella Amelia Garayoa Cuní que en la partida de bautismo de mi abuelo aparecía como su madre.


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