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¿Qué mueve a un millón de españoles a colaborar con una ONG?

  • ¿Qué mueve a un millón de españoles a colaborar con una ONG? ¿Qué mueve a un millón de españoles a colaborar con una ONG? Beatriz González

  • ¿Qué mueve a un millón de españoles a colaborar con una ONG? ¿Qué mueve a un millón de españoles a colaborar con una ONG? Beatriz González

  • Más de un millón de españoles colabora con una ONG. Pero no se limitan a marcar la casilla de “fines sociales” en su declaración de la Renta, sino que realizan tareas de voluntariado sin retribución económica alguna. Es más: cuando se trata de llevar su solidaridad fuera del territorio español, esa labor les cuesta tiempo o dinero, si no ambas cosas. Eso sin contar con que, a veces, se enfrentan a situaciones complicadas o a la posibilidad de un secuestro. Sin embargo, vuelven felices. Aunque estén exhaustos o sepan que su labor sólo acabará con un porcentaje mínimo de los problemas. Dicen que merece la pena. Por eso la mayoría se “engancha” y repite. ¿Qué encuentran en el voluntariado? ¿Por qué cada vez más solidarios lo demuestran activamente? Para descubrirlo, seguimos a una de ellas.

7.00 h. Carmen Mené –odontóloga en Zaragoza, 29 años– sale del albergue de Richard Toll, una población senegalesa en la frontera con Mauritania. Es su cuarto día como voluntaria en la Ruta de la Sonrisa, la caravana solidaria organizada por la Fundación Vital Dent y respaldada por la ONG Solidariamente para prestar asistencia y educación bucodental. Ya participó en ella el año anterior. Y pese a haber dormido tres horas –la cena se alargó–, está encantada. “Comparado con cuando estuvimos en Marruecos a -17º C, ¡es el paraíso!”, dice. Como veterana, asigna los puestos de los 29 voluntarios que la acompañan hoy. Hay odontólogos, higienistas, auxiliares de clínica y personal de apoyo. Se reúnen para desayunar en un hotel cercano. Desde allí, un autobús los llevará al hospital de campaña montado por ellos mismos el día anterior.

8.50 h. 300 personas llevan horas aguardando para que acaben con sus dolores, que algunos aguantan desde hace años. La mayoría nunca ha visto a un odontólogo. Como mucho van al chamán del pueblo, que con amuletos intenta aliviar flemones, infecciones y otros malestares del cuerpo o el espíritu. Carmen y sus compañeros entran en la carpa donde se harán los diagnósticos, cargan cajas con material, las reparten entre el camión clínica y dos salas habilitadas como centro de operaciones y, con los guías, da números a los pacientes. En unos minutos llegarán cientos más.

10.55 h. Una mujer organiza un gran revuelo en el camión: tras reconstruirle los dos incisivos centrales superiores, le han dado un espejo y ha empezado a llorar mientras los voluntarios aplaudían y ella abrazaba a la odontóloga. La celebración dura un minuto porque un niño está preparado para subir al sillón. Carmen deja a parte de sus compañeros en el hospital de campaña y va con otros a un colegio. Allí, Rajae, una odontóloga marroquí que vive en España desde hace 10 años, explicará a los alumnos cómo lavarse los dientes. Con ayuda de Omsar –un pequeño que hace de conejillo de Indias– y una dentadura gigante, 75 niños repiten el movimiento del lavado dental con un cepillo imaginario. Tendrán uno después de que revisen su boca y los manden a casa, a fluoración o al camión clínica, según su estado. Además del cepillo, les dan un folleto, pasta de dientes y una careta del ratoncito Pérez, a quien van a nombrar personaje del año.

12.45 h. Carmen deja en el colegio a Rajae y cinco voluntarios revisando la boca de 500 niños. Ella vuelve al hospital de campaña. Tras una extracción, un paciente le mete un puñado de pipas en el bolsillo: “Te agradecen que les alivies el dolor como pueden: bailan, te besan o… te dan pipas”, dice. Su siguiente paciente tiene menos suerte: lo mandan al hospital porque parece sufrir cáncer de lengua.

14.00 h. Regreso al hotel para comer. Unos aprovechan para mandar mensajes a la familia, otros para descansar, hay quien sale a la calle a jugar con los niños… Hasta que Carmen mira el reloj. Vuelta a la “consulta”.

17.00 h. Diagnósticos, extracciones, empastes… Dos voluntarias sufren una lipotimia, los cuatro días de trabajo empiezan a hacer mella. Pocos saben francés y ninguno wolof, pero se manejan bien. Han aprendido tres frases básicas: “¿Dónde te duele?”, “No tengas miedo” y “Se acabó”.

21.00 h. Recogida del campamento. Carmen se quita los guantes número 500 del día. Queda recoger el material y organizar la salida del día siguiente. Hora y media más tarde, el equipo se sienta a cenar y hace recuento del día: 892 extracciones, 34 empastes y más de 1.000 senegaleses agradecidos en sólo un día de solidaridad.

¿POR QUÉ SOY VOLUNTARIA?

Rosa Gómez, higienista, 36 años. “Tenía muchísima ilusión por participar. Tras cuatro días que han sido como cuatro meses, si me dejan, repito. Los agradecimientos son enormes, la gente es amabilísima… te acogen tan bien y te llevas tantas recompensas que no te das cuenta de que estás echa polvo. El primer día era más consciente de la paliza de estar 10 horas de pie sin descanso, pero cuando te metes en la rutina, todo el trabajo te parece poco”.

Lola Vega, delegada de Recursos Humanos, 27 años. “Me habían hablado de la ruta y había visto los vídeos, así que quise vivir la experiencia. Es muchísimo trabajo y no tiene que ver con lo que hago, pero me está encantando. Admiro todavía más a los doctores, que trabajan a destajo sin quejarse. Pero también a los pacientes, que se dejan hacer de todo y lo agradecen muchísimo. Ayudo a los odontólogos dándoles material e intento tranquilizar a los pacientes. Cada uno ayuda como puede”.

Aurora Ferrando, estomatóloga, 60 años. “Vine porque quería probar algo nuevo. Al principio tenía la sensación de que no íbamos a solucionar mucho en 10 días, pero me he dado cuenta de que aliviar el dolor de un fl emón, por ejemplo, ya es algo. Desde que cambié el chip y fui consciente de que, aunque no resolvamos el mundo, podemos echar una mano, estoy muy contenta. Tanto que no me importaría quedarme una temporada. Ya avisé en casa: como me guste, ¡me quedo!”.

Yolanda del Hierro, empleada en una agencia de comunicación, 49 años. “Mi marido y yo viajábamos mucho y cuando volvíamos de algunos países teníamos la sensación de que podíamos hacer algo por mejorar la vida de esa gente. Así que él montó la ONG con un amigo. Desde entonces, nosotros y mis dos hijos participamos en los proyectos que podemos. Cualquier proyecto solidario te aporta mucho más de lo que tú das, que es sólo tiempo y esfuerzo”.

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