Aunque no lo sepamos, tenemos un doble digital. Alguien que está expuesto a la mirada y al juicio de todos en Internet. Alguien –en realidad, nosotros– que puede entorpecer una búsqueda de empleo, la relación con un cliente o nuestra imagen. Porque todo lo que subimos a la red –o lo que otros suben acerca de nosotros– conforma ese doble digital que lleva nuestro nombre y delata nuestras debilidades.
Sigamos el caso de Susana, ejecutiva de 35 años, para entender hasta dónde puede jugarnos una mala pasada la identidad digital. Hace un año, se unió a la red social Facebook y comenzó a publicar en ella sus fotos, a comentar las juergas de los fines de semana, a detallar los malos rollos en su trabajo... Todo lo que la mayoría contaría a sus amigos. Cuando Susana optó a un trabajo, sus futuros jefes se dieron un paseíto por su red social. Y no les gustó lo que vieron. Se trataba de un empleo en el que la discreción y el saber estar contaban tanto como el currículo, y en él no encajaban ni las fotos en bikini ni los comentarios sobre sus superiores.
Trabajos en peligro
El año pasado, la empresa YouGov realizó –por encargo de la red profesional Viadeo– un estudio sobre el impacto que, en el ámbito laboral, puede tener nuestra visibilidad en Internet. Los resultados fueron inquietantes: encuestados 597 jefes y directores, al menos uno de cada cinco dijo que había encontrado información online sobre el potencial empleado. De ellos, un 60% reconocía que esos datos habían afectado a su decisión. Asimismo, el 25% dijo que habían rechazado candidatos por su reputación en Internet, lo que se conoce como “NetRep”. “Evaluar a una persona por lo que haya escrito no es la manera correcta de hacer una entrevista –señala Fernando Corominas, de la empresa de selección de personal Michael Page–. Utilizar esa información es, de alguna manera, violar su intimidad”.
Sí, pero la posibilidad de cotillear está al alcance de todos. Y más nos vale ser conscientes de ello y aplicar, como dice Pedro Sánchez Pernias, director en España de Viadeo, “el sentido común. Podemos pensar que es injusto, pero hay que ser sensatos: todos hacemos tonterías, pero no la pregonamos. Hay que saber poner niveles de privacidad y restringir el acceso a nuestra red”, algo que no se puede hacer en las páginas personales o los blogs. Pero no olvidemos que todos somos libres de no subir nada que pueda comprometernos. Como señala Mar Monsoriu, autora del libro “Redes sociales en Internet”, “si enviamos una foto de un día tonto, tendremos que apechugar con ella”.
En manos de terceros
El problema surge cuando no eres tú, sino otro, quien lo hace. Por ejemplo, los amigos que, a lo mejor sin malicia –pero también sin respeto a tu privacidad– publican fotos de la última fiesta. “He tenido que ponerme seria –se lamenta Beatriz, agente de seguros de 31 años–. No tienen cuidado en lo que escriben y dicen que sólo lo pueden leer los miembros de la red; pero en ella está mi ex ”.
El Instituto Nacional de Tecnologías de la Comunicación y la Agencia Española de Protección de Datos son contundentes y en un estudio señalan que “la publicación de contenidos con información y datos respecto a terceros no puede ser realizada si éstos no han autorizado expresamente su publicación, pudiendo solicitar su retirada de forma inmediata”.
Más allá de peripecias cotidianas, los inconvenientes pueden ser mayores. Porque, sea verdadero o falso, lo que aparece en Internet va configurando nuestra identidad digital en un medio en el que es difícil desandar el camino. “Cualquier aspecto que la distorsione es muy grave: si en la red apareces como moroso, nadie te va a dar un crédito...”, asegura Mar Monsoriu. Uno de los problemas es que los buscadores de Internet recogen información que se publica en organismos oficiales. Y ahí puede aparecer desde una multa por aparcar en un sitio de minusválidos a otra por cazar en tiempo de veda... Aspectos que no ofrecen nuestro mejor perfil. Más fastidioso es si lo que aparece sobre nosotros es inexacto. Por ejemplo, estar en una lista de morosos porque el banco cometió un error. “El problema es que la información permanece –continúa Mar Monsoriu– y es difícil de eliminar”.
El caso más grave es el de quienes intentan hundir deliberadamente nuestra reputación. Ex parejas resentidas que publican fotos íntimas; compañeros envidiosos que sacan del armario a un colega o ponen en duda su profesionalidad... Para poder actuar –exigiendo la retirada de una página web o presentando una denuncia por intromisión en el honor– es preciso que sepamos qué se dice de nosotros en Internet. Porque la mayoría ni siquiera hemos tecleado nuestro nombre en Google para ver cómo le van las cosas a nuestro doble digital...