No entienden cuando cuento que no sé el cumpleaños de mis hermanos, ni recuerdo el tuyo; curioso, el de mi padre sí, siempre. Celebrábamos todos los santos y aún seguimos haciéndolo. Nunca entendí por qué te negabas a decir tu edad, pero como todo en la vida ahora ¡sí!
A partir de cierta edad te das cuenta que las mujeres se quitan años, otras lo ocultan y tu te quedas con cara de póker cuando escuchas que la que te pasa cinco años presume de su juventud. A medida que cumplo años me parezco más a ti. En gestos, en expresiones e incluso en cómo mi vida se va posicionando.
Hace años estaría enfadada conmigo misma. La rebeldía que he tenido durante muchos años me hacía desear no tener genes hereditarios. Mis manos. De un tiempo a esta parte al mirar mis manos veo las de mi padre y me veo reflejada en algunos sentimientos que él tenía. Pero tú, mamá, calaste mucho en mí.
Digo muchas cosas que tú decías, soplo cuando quito el polvo y me veo reflejada escenas y mil cosas que te sucedían. Aquel libro tan genial que leí “Mi madre, yo misma” es tan verídico como la vida misma. La influencia que tuviste en mi vida durante años la quise rechazar, ahora veo lo inteligentemente que llevabas nuestra relación, lo mucho que me conocías y cómo sabías tratarme. Daría algo por tener una hora para poder hablar y sobre todo para escuchar tus consejos, que ahora me parecen sabios.
¡¡¡Felicidades mamá!!!