No creo que se estén tomando medidas suficientemente contundentes y eficaces para atajar esta lacra social. Mucho teléfono de asistencia para la mujer maltratada, mucho dispositivo de aviso, mucha orden de alejamiento, pero a la hora de la verdad, no se consigue impedir, en algunos casos, un fatal desenlace.
Son herramientas útiles pero con una insuficiente fuerza disuasoria. Y por ello, pienso sinceramente que hay que endurecer las leyes y sobre todo conseguir el cumplimiento integro de las penas para estos verdugos cobardes, y digo bien COBARDES porque no merecen otro calificativo.
Un buen día un hombre se levanta y decide matar a su mujer o novia, como el que decide ir a comprar el pan o ir al cine. Es así de crudo y tremendo. Matar a una mujer se está convirtiendo en un acto trivial y casi normal. Luego si le preguntas por qué lo ha hecho, te dirá “la maté porque era mía y la quería”. Señores, perdón pero esto no es amor, es machismo. Esto si tienes opción a preguntarles ya que algunos, en un último arrebato de cínico heroísmo, deciden suicidarse como colofón final, y en muchos casos, con tan mala suerte que fallan en su intento. Claro que los detienen, los juzgan y los encarcelan pero al poco tiempo, e irónicamente por su buen comportamiento y actitud ejemplar entre rejas, vuelven a estar en la calle como si tal cosa. Algunos incluso consiguen eludir la cárcel, alegando locura transitoria o cualquier otro tipo de trastorno mental.
No quiero generalizar porque, gracias a Dios, todos los hombres no son iguales, pero si no se imponen penas más duras para tan abyectos crímenes, algunos no se lo pensarán dos veces, y por mucho que España haya alcanzado su tasa de fecundidad más altas en los últimos veinte años, quién sabe si, algún día las mujeres, no estaremos en peligro de extinción.