Se supone que una madre es quién más vela por la seguridad de sus hijos, para que estén a salvo de cualquier peligro, esa persona que podríamos definir como “la protectora”.
En este caso se trataba de un niño de muy corta edad, y por lo tanto los peligros que le acechaban eran aún mayores debido a su escaso, por no decir nulo, grado de defensión.
Soy madre y desde luego mis hijos son mis tesoros más preciados, y los quiero más que a mi vida. De verdad y lo vuelvo a repetir, no me cabe en la cabeza que una persona adulta pueda actuar de manera tan inconsecuente e inmadura. Su conducta negligente y poco maternal puede acarrear graves consecuencias, hasta el extremo de perder la patria potestad de su hijo. Tal vez entonces, si no lo ha hecho ya, se dé plenamente cuenta del tremendo error que ha cometido.
Este no es un caso aislado ya que, de vez en cuando y desgraciadamente, saltan a la luz noticias similares, de madres y también de padres, que abandonan a sus hijos, como el que deja un perro tirado en la cuneta.
Pienso en la cantidad de parejas que desean más que nada en el mundo ser padres y que por un motivo u otro, no consiguen tener descendencia. Darían lo que fuera por poder abrazar a un hijo. Otros sin embargo, tienen esta suerte y no la saben valorar. ¡Qué mal repartido está el mundo!