Cajón desastre

Foto: A estribor encuentro alumnos que apuntan maneras: chicos ejemplares en sus formas, de una educaciòn exquisita que ya ...

Viento en popa a toda vela

  • Tal que patrón de barco, voy manejando mi navío donde el buque lo forma el aula que nos ampara y los marineros, los alumnos que comando. Cada expedición viene marcada por las fechas lectivas de un curso y me lleva a conocer a diferentes tripulantes, cada uno con sus dotes personales y a la vez respondiendo todos ellos a unos patrones muy marcados. El ante quem de la batalla lo marca el aún estival mes de septiembre y el ad quem los últimos días primaverales de junio.
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A estribor encuentro alumnos que apuntan maneras: chicos ejemplares en sus formas, de una educaciòn exquisita que ya les viene dada de cuna por unos padres preocupados y responsables que dìa tras dìa sirven de modelo social para los grumetes. Niños que juegan a tenis, que practican polo y de los que cualquier docente acierta a diagnosticar que acabarán como ingenieros industriales, ingenieros en aeronáutica, arquitectos o capitanes de un barco mayor que el que yo gobierno.

Justo en el lado opuesto, a babor, tripulan la nave a puño alzado los subversivos del aula. Éstos, una intuye que si son de Euskadi vivirán la etapa borroka de cualquier quinceañero, si son pucelanos escucharán heavy-metal y si son londinenses se dejaràn crecer una cresta punk que teñirán mensualmente de naranja a lo Johny Rotten. Independientemente de su procedencia, cambiarán tenis por papiroflexia que practicarán liando canutos.

En la proa, a mi juicio, están los mejores, los luchadores que aguantan contra su pecho todas las tempestades y todas las marejadas. ¡Éstos sí que maduran con su esfuerzo e inquebrantable voluntad! Generalmente provienen de familias humildes. Avanzan y se aplican en los estudios con la honestidad por bandera. Intentan hacerla ondear en lo alto del asta a base de reconocer y recapacitar en cada error cometido. En el fragor de la batalla son compañeros de sus compañeros, siempre dispuestos a ayudar y a seguir luchando por llegar lejos, por alcanzar los objetivos que a sus padres les vetaron.

Este bando no hace distinciones de razas o colores
. Aquí no encontramos al alumno hijo del cónsul o del embajador, aquí hallamos al español hijo de Tomás, el mecànico de la esquina, o al colombiano recièn llegado, de paciencia tan inagotable como las colas que hace por formulario que rellena para legalizar hasta el recibo del pan que come cada dìa.

Los peores quedan relegados a popa. Aquello de que “los ùltimos seràn los primeros” se lo dejamos a la infantería. En este buque éstos son los de la última fila de la clase, los que se creen más listos que el resto porque piensan que están de vuelta de todo y que se las saben todas.

La pena de estos muchachos es que no atienden a razones
. Todo les parece banal y una pèrdida de tiempo. Sus padres se esmeran en darles la mejor educación ante sus posibles y éstos la rechazan hasta que un buen dìa se ven a sí mismos con cuarenta y algún años, como comensales alrededor de una mesa que ni siquiera poseen la elemental pericia de atajar como mandan los cànones un filete con cuchillo y tenedor. Este es el perfil general del alumno de una clase del s. XXI, dejando de lado fenómenos extraordinarios como los acosos de alumno a alumno, de alumno a profesor o cuantas combinaciones podamos hacer con estos vocablos que hasta los de letras vemos que no son tantas.

El alumno del tiempo actual sigue siendo el de siempre, con las mismas ambiciones. Sin embargo, a las aulas les falta un poquito más de seguridad en el patròn que las comanda. Necesitamos más cooperación entre padres y profesores y, sobre todo, requerimos docentes conocedores muy profundamente de su profesión. No vamos a exigir que trabajen en exclusiva por amor al arte, pero sí que cumplan algo más que con los mínimos actuales.

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