Espósito, un italiano de Marsella, quiso hacer una casa familiar, en línea con la tradición más mediterránea. Para ello, contó con su amigo y arquitecto, Pascal Cheikh Djavadi, y con la ayuda de otro incondicional de la isla, José Luis Sert. La reforma de la finca se inscribe “dentro de la búsqueda de la sencillez, adaptada al lugar”.
Sus 400 m2 se arremolinan alrededor de la parte antigua, convertida en entrada, y descienden en escalera hasta la última habitación, que se abre en una terraza. Los arcos de la estructura son una réplica exacta de los de la iglesia del pueblo de San Rafael, conservando sus medidas y proporciones. “En las habitaciones, optamos por aberturas muy estrechas, evocando los espacios de antes. Por el contrario, en todas las demás domina la luz”.
Otro rasgo que define esta casa es la recuperación de objetos y materiales, que reproducen el espíritu de la isla. Así, las vigas de la entrada son de la iglesia de la localidad de San Miguel, los techos se trataron como antiguamente, con algas, y las baldosas de la cocina se rescataron de una ruina. Junto a ellos, conviven recuerdos que Víctor ha traído de sus viajes, como la era de trilla de Portugal o las mantas de cabra de Turquía. Todo unido con guiños a la modernidad, entre los que destacan el suelo de cemento alisado, los toques de color, que rompen la neutralidad del blanco, o las piezas de acero.