“Voy a la oficina un día
a la semana y el resto
del tiempo trabajo desde
casa. Cuando no tenía hijos,
tanta independencia me
parecía maravillosa. Pero,
al ser madre, se convirtió
en mi caballo de batalla. Si
un día uno de tus hijos tiene
fiebre, puedes quedarte
con él y dejar el trabajo
para la noche o para el fin
de semana; pero, al mismo
tiempo, nunca se discute
que seas tú quien deje esa
labor (que tienes que hacer
igualmente) para luego.
Te encargas siempre tú de
todo y no existe el reparto
de tareas. Luego está la
dificultad para desconectar.
Y es bastante solitario. Echo
de menos el café con los
compañeros, poder acudir
a alguien cuando tengo una
duda y hasta arreglarme
para ir a la oficina, que
es algo que hace que te
sientas bien contigo misma.
Al trabajar en casa, mis
dos facetas se mezclan
continuamente. Estoy
trabajando y recuerdo que
tengo que comprar leche o
hago la cena para los niños
con la cabeza puesta en un
expediente que he dejado a
medias. Tiene más ventajas
que inconvenientes, pero te
genera mucho estrés”.