“Llevaba muchos años
trabajando en agencias
de publicidad cuando me
mudé a la sierra de Madrid.
No tenía familia cerca y mi
marido viajaba mucho, así
que me planteé trabajar
desde casa para poder
cuidar a las niñas, que tenían
seis meses y tres años. Así
pude dedicarme a lo que
de verdad me gustaba, la
ilustración. Tiene muchas
ventajas, si sabes manejarte
y no boicotearte pensando
que eres una madre pésima
porque un día tienes una
entrega y no puedes hacer
los deberes con tus hijas.
Quizá las mujeres nos
autoexigimos mucho. Pero
si sabes controlar eso, es
la opción ideal. Sobre todo
si, como en mi caso, tienes
un compañero generoso,
con el que, eso sí, hay que
renegociar cada cierto
tiempo un “contrato”, según
tus necesidades. Lo único
que echo de menos son las
risas con los compañeros de
trabajo. Nada más”.