El rostro de la geisha era blanco e impenetrable como una máscara veneciana. Sus ojos delineados en negro, con un toque rojo en los extremos; sus labios, de un intenso color cereza. Su pelo era un paisaje lacado de cumbres y valles con flores, lazos y modernos adornos de plata. Su kimono, cruzado alto, casi en la garganta, caía oscilante y atrevido... No era una mujer de verdad sino una fantasía, una criatura de precioso artificio.
Cuando empecé mi investigación, no imaginaba que podrían enseñarme algo. Una de las mujeres a las que conocí había sido la geisha más hermosa de su generación. Ya octogenaria, seguía siendo menuda, delicada y exquisita. “Los extranjeros nunca entenderán nuestras costumbres –me dijo con severidad–. Otros antes que usted lo intentaron y cejaron en su empeño. Usted debería hacer lo mismo”. Los japoneses siempre son puntuales, ella me hacía esperar. Le hacía regalos, ella los rechazaba con brusquedad. Pero no importaba lo ruda que fuera, logré controlarme. Mantuve la sonrisa, seguí preguntando en el japonés más educado que conocía. Y, de repente, caí en la cuenta: si hubiera sido un hombre, me habría tratado con la mayor de las cortesías, pero yo era una mujer. Necesitaba aprender la primera lección: humildad.
DOS CARAS
Las geishas tienen un rostro privado durante el día y uno público durante la noche. Con la luz son mujeres prácticas, realistas e independientes que se dedican a la música y la danza clásica japonesas. Como las monjas, viven en comunidades femeninas y consideran su profesión como una llamada más que como un trabajo. Están solteras. Aquellas que se casan tienen que abandonar la profesión. Mientras la ejercen, por las noches muestran su ara pública para entretener a los hombres.
Para ellas, la seducción no es una cuestión de sexualidad, sino el aprendizaje de un arte. Una de las primeras lecciones que aprendí fue la de la importancia de la interpretación. No ser uno mismo supone realmente una gran liberación. Cuando una geisha se maquilla, no quiere mejorar su propia naturaleza, lo que quiere es meterse en un papel. Convierte su rostro en un lienzo en el que pinta las características de la feminidad. El siguiente paso de la transformación es el kimono. Las envuelve de la cabeza a los pies, ocultando su silueta. La palabra clave es modestia. El misterio es mucho más seductor que revelar demasiada piel. Lucido a su manera, deja casi todo a la imaginación, pero no del todo. Como el maquillaje, el kimono no está creado para favorecer a su portadora. Es una pieza de arte en sí, está valorado en varios miles de euros y llevarlo es un privilegio.
UNA REALIDAD IDEAL
La esencia de la ceremonia del té es algo sencillo. Cada gesto forma parte de una coreografía exenta de un solo movimiento innecesario. Las geishas conducen a sus clientes hasta un mundo de fantasía en el que, durante unas horas, se liberan de la monotonía de la vida diaria. En este mundo mágico todo está permitido. Ella puede decir que el presidente de la empresa es el hombre más atractivo del planeta y que está locamente enamorada de él. Pero todo es un juego. Al final de la velada, le despedirá con un casto beso en la mejilla. Su inaccesibilidad la hace aún más deseable. Una geisha puede hacer sugerencias brillantes, pero siempre se asegura de que el hombre piense que ha sido él quien ha tenido la idea. Según su filosofía, los hombres necesitan que les alimenten el ego. Saber que son listos, fuertes y poderosos, aunque ella y también ellos, sepan que eso no es así.
LA VICTORIA, ANTE TODO
De igual modo, un hombre siempre debe ganar. La clave está en ser un buen rival, pero no lo bastante como para vencerle. Porque si no es suficientemente bueno, el cliente no tendrá la sensación de que es el mejor golfista del mundo, que es en realidad el motivo principal del juego.
Estas mujeres no son prostitutas, pero pueden ser una fuente de queridas potenciales. En el pasado, tenían la reputación de maestras del sexo. Probablemente no conocen ninguna técnica extraordinaria, la principal diferencia es su actitud desinhibida y centrarse en el placer del hombre. Puede que aparenten sumisión, pero en realidad son independientes y libres. Como las sirenas, enredan a los hombres con sus cantos. Hacen que las necesiten, pero ellas no les necesitan.