Si algo no se le puede negar a Michelle es que ha roto moldes. Tras diez meses de campaña electoral en los que puso su montaña de arena en la sombra para que su marido gobernara los EEUU, el candor con el que entró en la Casa Blanca (y no sólo por el vestido negro "salpicado" de fuego rojo con el que celebró el triunfo) no se ha perdido. Al menos, de momento.
Sus discursos y su opinión han ido cobrando cada vez más peso y Michelle ya es Michelle, no sólo la mujer del Presidente. Aunque ha habido veces que ha tenido que poner límites a sus apasionadas palabras por temor a algún malintencionado titular, su fuerza pública es incuestionable.
Ms. Obama se ha convertido en poco más de un año en una figura tanto más valorada que su esposo. Y es que Michelle es tomada como ejemplo de vida saludable, como promulgó en el mítico Barrio Sésamo o bailando un "hula-hoop" en un acto que fomentaba el ejercicio entre los más jóvenes; defiende los derechos de la mujer y la reforma sanitaria en su país allá donde quieran oírla; es una madre trabajadora que concilia y vuelca todos sus esfuerzos en conseguir que sus hijas "no sufran" el mandato de su padre; no duda en convertirse en espontánea guía turística para los visitantes de la Casa Blanca y, como no podía ser de otra forma, se ha convertido también en un icono de moda que hace agotar en las tiendas cada uno de los modelos con los que aparece en público y que le ha situado como una de las mujeres mejor vestidas del año para expertos como los de Vanity Fair.