SE LLAMA ARGOS y llegó a casa en vísperas de Navidad. Es un pastor alemán y cada vez que le
miro no puedo dejar de ver en él a Tifis, mi querido Tifis. Argos apenas tiene tres meses y es un
torbellino que todo lo muerde y al que es difícil reñir porque su mirada leal desarma de inmediato.
Huelga decir que mi casa se ha llenado de alegría con las travesuras de Argos. No sé lo que pensaran
ustedes, pero yo puedo dar fe de que es verdad que el perro es el mejor amigo del hombre, por lo
menos esa es mi experiencia. Mi madre me contaba que cuando yo nací en casa teníamos una perra
llamada Yola, una san bernardo, grande y tranquila, que pasaba horas junto a mí. Con Yola aprendí a
querer a los perros, a jugar, a saber lo que era sentirse acompañada sin que te pidan nada a cambio.
DESPUÉS DE YOLA vinieron otros perros a compartir nuestra vida y todos sus nombres los
recuerdo como los de esos amigos entrañables imposible de olvidar. Pero no puedo dejar de detener
la memoria en Curro, al que conocí una noche cuando regresaba de trabajar. Curro era un perro
callejero de color canela, con las orejas caídas, lleno de pulgas y de pupas, que me siguió hasta el
portal de casa. No tuve corazón para dejarle en la calle, así que decidí integrarle. Menos mal que
en casa, mi madre y el resto de la familia compartíamos el mismos sentimiento hacia los perros,
al fin y al cabo el que a mí me habían inculcado desde niña. Luego vino Full, un caniche marrón
de tamaño mediano que se quedó una larga temporada. A Full, que me lo encasquetó Natalia, una
amiga casada con un colega, Raúl del Pozo, al que habían destinado como corresponsal a Moscú.
Aún me acuerdo de lo que lloré cuando a su regreso tuve que devolvérselo.
DESPUÉS DE FULL compartí casa con otros canes de toda raza y condición. Incluso tengo
cicatrices fruto de algún mordisco. Clara, una perra de mi amiga Isabel Pisano, me mordió al verme
apoyada en la valla de la casa mientras aguardaba a que me abrieran la puerta. Aún hoy ni Isabel ni
yo entendemos qué le sucedió. En otra ocasión me mordió un boxer cuando intentaba sacar de su
boca la oreja de mi pequeño perro salchicha. Aún así no les tengo miedo y sé que es mucho más lo
que recibes que los pequeños sacrificios que hay que hacer para cuidarles y tenerles en casa.
Y TIFIS, al que recuerdo con especial emoción, que fue un regalo de Navidad para mi hijo. Álex
tenía cuatro años, insistía en que quería un perrito y no le costó convencerme. Tifis y Álex fueron
creciendo juntos y se convirtieron en los mejores amigos. De hecho, mi hijo aprendió a jugar
al fútbol teniendo a Tifis como portero. Murió hace un año, pero no podemos olvidarle de tan
entrañado que estaba en nuestras vidas. Ahora tenemos a Argos. ¿Recuerdan ese pasaje de la
“Odisea” cuando Ulises regresa a casa y nadie le reconoce? Ni Penélope ni Telémaco, ni sus amigos,
nadie excepto Argos, su perro, ya anciano, que muere de la emoción al reencontrase con su amo.
Recordando esa historia de la Odisea es por lo que hemos decidido llamar Argos a nuestro nuevo
inquilino. Argos, que en griego significa “veloz”, y que ahora forma parte de la familia.
P. D.: Siempre digo que el grado de civilización de un pueblo
también se mide por su manera de tratar a los animales (y
nuestro país no es un ejemplo). Solo quienes han conocido la
lealtad de un perro saben de la inmensa alegría que siento por la
llegada de Argos que, mientras escribo, muerde la pata de la silla.