Me dan mucho pudor las vidas cercanas, pero, en cambio, me encanta pasar por la mirilla de gente que no conozco, personas anónimas con las que comparto asiento en el metro o el autobús, o que se apoltronan en la mesa de al lado en algún bar. Una adolescente que teoriza e imagina sobre el sexo con su mejor-amiga-de-esa-semana. La treintañera que, visto lo visto, perjura que sólo se casará con un multimillonario. La cincuentona que se lamenta de que su marido no funciona ni en la cama, ni fuera de ella.
LOS HOMBRES nos critican porque siempre estamos hablando, pero se olvidan de que, cuando una de nosotras habla, las demás escuchan, y que ese comportamiento grupal –esas charlas a veces intrascendentes, a veces vitales– ha hecho posible la supervivencia de la especie. Ahora, además, un estudio de la Universidad de Michigan nos dice que el chismorreo es bueno para la salud: que el cotilleo sano reduce la ansiedad y el estrés porque genera progesterona, una de las hormonas responsables de que el ser humano se sienta parte de un conjunto social y no un animal solitario. ¿Entendéis ahora, chicos, por qué vamos siempre acompañadas al baño?
HAY OTROS baños –no los de restaurantes, discotecas o similares–, sin embargo, que nos sirven para algo más. En muchos lugares de trabajo los aseos femeninos son también espacio de refugio y consuelo. Porque, ¿quién de vosotras no se ha encerrado alguna vez en los lavabos a soltar una lagrimita? ¿Cuántas os habéis encontrado allí, alguna vez, a un corrillo de mujeres consolando a otra compañera atribulada? Una amiga mía lo llama el “síndrome del baño laboral”. Hemos convertido ese reducto en un santuario femenino donde podemos canalizar todos esos momentos de aparente debilidad que no queremos que presencien los hombres.
PORQUE CLARO, luego van y dicen que somos unas lloronas. Y lo demuestran con cifras. La Sociedad Alemana de Oftalmología ha tenido la santa paciencia de contar –¡ya me diréis cómo!– las veces que lloramos mujeres y hombres. Hasta los 13 años no hay diferencia. Pero luego, las hormonas nos traicionan: ellos sueltan la lagrimita –y me parece mucho– 17 veces al año. Nosotras, 64.
¿Cuántas veces lloras tú?