Entre Nosotras

La lección de Noriko, por Cristina Morató

  • A la misma hora en que un devastador terremoto sacudía el norte de Japón, yo contemplaba extasiada el jardín zen del templo de Ryoanji. Me encontraba en Kyoto, a cientos de kilómetros del epicentro de la tragedia, absorta ante un paisaje hipnótico formado por 15 rocas sobre un manto de gravilla blanca.

En este país, los jardines representan el universo y no son para pasear sino para meditar. Nada en aquella apacible y soleada tarde hacia presagiar el desastre que solo unas horas más tarde iba a conmocionar al mundo.

Había llegado
unos días antes a Tokio invitada por el Instituto Cervantes para presentar mi último libro 'Divas rebeldes'. Tras cumplir con los compromisos, cogí el tren bala Shinkansen rumbo a Kyoto. A la puerta del hotel me esperaba Noriko, mi guía en esta ciudad de los mil templos. Me la presentó Fernando Sánchez Dragó, profesor en la Universidad de Lenguas Extranjeras de Kyoto. "Es mi alumna más aventajada, habla bien español y le encantará mostrarte la ciudad", me dijo Dragó.

De la mano de Noriko me perdí por callejuelas habitadas por escurridizas geishas, jardines tapizados de musgo, santuarios ocultos tras bosques de bambú y templos dorados flotando sobre estanques de ensueño. El viernes cuando iba a regresar a Tokio, una llamada del novio catalán de Noriko desde Barcelona nos advirtió de la catástrofe. Los trenes habían sido cancelados y en la estación de Kyoto centenares de pasajeros se agolpaban frente a los televisores que mostraban imágenes del aeropuerto de Sendai completamente inundado. A pesar de la incertidumbre y las alarmantes noticias que llegaban, nadie se quejó ni cundió el pánico. Resignación ante lo inevitable.

No podía viajar hasta Tokio, los hoteles cercanos a la estación del tren estaban llenos y el aeropuerto internacional de Narita había sido cerrado. Noriko se ocupó de buscarme un alojamiento y se quedó conmigo hasta bien entrada la noche. Aunque en su interior sentía un gran dolor por lo que había ocurrido, en ningún momento mostró rabia o preocupación. Solo quería ayudarme y que no me sintiera sola en un país extraño.

Cuando dos días más tarde pude por fin abandonar la ciudad de Kyoto, me despedí de ella en el andén y le di de nuevo las gracias. "Mi obligación es primero ayudarte a ti y luego pensar en mí. Es nuestra filosofía", me dijo en voz baja. Toda una lección de civismo y dignidad.

P. D.: Japón ha superado una guerra mundial, dos bombas atómicas, varios terremotos y ahora este tsunami devastador unido a una grave crisis nuclear. Mientras en Occidente se hablaba de un país al borde de la Apocalipsis, sus habitantes se ponían manos a la obra e iniciaban la reconstrucción.

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