Entre Nosotras

La mala educación, por Carme Chaparro

Carme Chaparro

  • Una madre y su bebé están tumbados en el suelo del salón de su casa, sobre una alfombra mullida, cada uno dedicado a sus cosas. De pronto, repta hacia ellos una serpiente. La madre chilla y se levanta de un salto, asustada. El bebé mira a su madre, se asusta y gatea huyendo del animal.

Cinco minutos después, en ese mismo salón, otra madre y otro bebé vuelven a jugar en el suelo, despreocupados. Y entra la misma serpiente. La madre la mira, sonríe, y sigue a sus cosas. El bebé mira al animal, mira a su madre y sonríe. Sigue a sus cosas. Con este experimento, un grupo de científicos demostraron que incluso los niños muy pequeños son capaces ya de sentir empatía, el mecanismo que nos hace entender a los demás y nos permite ponernos en su lugar.

No es algo exclusivo de los humanos. La mayoría de los mamíferos son capaces de sentir esa empatía tanto como nosotros: los más fuertes alimentan a los débiles, los rescatan cuando quedan atrapados en el lodo de los márgenes del río o construyen con ramas un refugio donde guarecer del frío a sus compañeros de camada. Si incluso una rata ayuda a su compañera a huir de la trampa en la que ha caído, ¿por qué tanta gente que tenemos a nuestro alrededor día a día es sorda, ciega e insensible a las necesidades de los demás?

No se trata de hérores, de interponerse entre la pistola de un atracador y su víctima, sino de abrir un poco más los ojos y percibir lo que nos rodea. Porque en algunas ocasiones tengo la sensación de que todos vamos por la vida como caballos con anteojeras. ¿Para qué voy a caminar 20 metros si puedo aparcar en frente de casa, aunque esté invadiendo un carril en curva y pueda provocar un accidente a otro coche? ¿Por qué tengo que decirle a mi hija de tres años que le ceda la silla a esa señora mayor que lleva media hora esperando a que la reciban en el servicio de urgencias? ¿Para qué hace falta que baje la voz hablando por el móvil, si esto es un autobús, y total, me va a oír hasta el del fondo?

Jueves. Día laborable. Acompaño al INEM a una amiga que se acaba de quedar sin trabajo. Son las cinco de la mañana y está diluviando. Ya hay una larga cola que rodea la oficina de Majadahonda, sin lugar para guarecerse. Hace mucho frío. Las horas pasan lentas, pero hay que asegurarse un número que permita que nos atiendan ese día. A las nueve ya somos más de 200 las personas al borde de la congelación que esperan en orden. Tendrían que abrir, pero nadie viene.

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