Mujeres de hoy

Julia Navarro: viaje a una tierra desesperada

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- No escribas mi nombre...

– ¿Por qué?

–Nos conocemos todos y no quiero problemas. Alguien puede leer tu reportaje y me meto en un lío.


 No escribo su nombre que empieza por N. Se lo he prometido. Eso y que disimularé cuanto pueda su identidad. A cambio, ella me acompañará por las calles de Belén. Espero que hable sin miedo. Su miedo me ha sorprendido.

– No es miedo, es prudencia. No es fácil ser Cristiana en Palestina. Cada vez quedamos menos.

– ¿Por qué?, pregunto.

– Somos un cuerpo extraño.

 – Pero tú eres palestina.

– Sí, pero soy palestina cristiana y las relaciones no son fáciles ni con los musulmanes ni con los judíos, nunca lo han sido. ¿Sabes cuantos cristianos quedamos? Unos centenares, cuando éramos miles. Pregúntate por qué.


– Pero cristianos o no, sois palestinos –le insisto. Ella se encoge de hombros, como si fuera difícil explicar que ser cristiano en Palestina o Israel es como estar en tierra de nadie.

– Para los judíos, solo somos palestinos. Para los musulmanes palestinos, somos cristianos.

– Pero lucháis codo con codo con los musulmanes por esta tierra. ¿Dónde está la diferencia? –pregunto–. Además, hay y ha habido importantes dirigentes cristianos, sobre todo en Belén. No responde y vuelve a encogerse de hombros. Luego se lo piensa mejor y lanza un reproche:

– A los cristianos del resto del mundo no les importa nuestra suerte. No solo aquí, sino en Egipto, en Iraq... ¿A quién le importamos?


“N” habla un perfecto castellano. Vivió en México cuando era una recién casada llena de ilusiones. “Las cosas se torcieron y tuvimos que regresar”, relata. Le pregunto por qué México y responde que su marido tenía allí amigos que habían prometido ayudarles.

– Huíamos de la violencia y allí nos topamos con más. Pero volvimos porque mi marido se quedó sin trabajo
.

– También echarías de menos Palestina...

– Sí y no. Aquí se quedan los cristianos que no pueden ir a ninguna parte. Creo que muchos se irían si pudieran.

Lo dice sin amargura, como si describiera la realidad más simple.

“N” ha cumplido los 40, tiene marido e hijos y trabaja en lo que puede: a veces como guía, otras como intérprete. Como la mayoría de los ciudadanos de Belén, vive del turismo, de los miles de peregrinos y viajeros que acuden al lugar donde nació Jesús.

Detrás del muro


No es fácil entrar ni salir de esta ciudad para los palestinos. Sí lo es para los turistas, siempre que no se salgan de lo establecido: visita a la Basílica de la Natividad, al Campo de los Pastores, a la Capilla de la Gruta de la Leche y, con suerte, a la tumba de Raquel. Belén ha sido “territorio ocupado” hasta que, tras los Acuerdos de Oslo, Israel la entregó para su administración a la Autoridad Palestina.

Belén en hebreo significa “casa del pan” y en árabe “casa de la carne”
, me explica “N” mientras subimos a paso ligero sus cuestas. Para llegar, hay que pasar el control de los soldados israelíes que escudriñan a los visitantes. Normalmente no ponen dificultades a los turistas, pero los palestinos se ven sometidos a un exhaustivo control. A los soldados no parece importarles que tengan sus papeles en regla y permiso de trabajo en Israel.

Los tratan como sospechosos y el control es tan largo como humillante.
Por si fuera poco, Belén se encuentra dentro del muro de la vergüenza que Israel ha levantado para defenderse de los ataques terroristas suicidas y que ha condenado miles de palestinos a no poder circular libremente. El muro sobrecoge por lo que significa. Entrar en Belén es quedar encerrado tras hormigón y alambre electrificado y eso provoca que en sus habitantes, y en el visitante, se levante un muro mental: el de saberse encerrado.

Mide unos 700 km y ocho metros de altura, y en muchos tramos luce las pintadas de protesta de quienes se sienten como en un campo de concentración. Respiro aliviada sabiendo que podré salir de allí, pero comparto con “N” la angustia de ver el horizonte interrumpido por esa masa gris que nos separa del mundo. En teoría, los soldados israelíes no pueden pasar a los territorios controlados por la Autoridad Palestina, pero solo en teoría. Camino con “N” hacia la Capilla de la Gruta de la Leche, cuando varios vehículos militares israelíes entran en Belén, asustando a sus habitantes.

–¡Soldados! ¡Corre, vámonos de aquí!, grita “N” nerviosa. Corro hasta la capilla y allí parece respirar más tranquila. Marca un número en su móvil y yo me recupero de la carrera.

– Entran cuando quieren con la excusa de que buscan terroristas... Suele haber disparos y no se sabe qué puede pasar. Aquí estamos seguras. He llamado a mis hijos para que no salgan.


La capilla de la Gruta de la Leche es sencilla y hermosa. Cuentan que San José y la Virgen pararon allí para descansar y que, al amamantar esta a Jesús, cayó en una gota de leche en el suelo. De ahí el color blanquecino de sus piedras, que muchos consideran milagrosas. Una de ellas se vende molida, para que la tomen las mujeres que quieren tener un hijo. “N” me cuenta la historia y, como ve incredulidad en mi sonrisa, se apresura a decir: “En la sacristía hay un montón de cartas que dan testimonio de ello. Supongo que para que sea así, uno debe tener fe”.

Ella la tiene. Lo noto mientras me señala la imagen de la Virgen y por como habla de los padres franciscanos, custodios de los Santos Lugares: “Ellos no nos abandonan, pero temen que llegue el día en que aquí no queden más cristianos que los turistas”, dice. Le pregunto a “N” por el reciente acuerdo entre Fatah, el partido nacionalista de Arafat, y Hamás, el partido islamista, y vuelve a encogerse de hombros como si no tuviera muchas esperanzas.

– ¿Sabes lo que ha pasado? Se han estado matando y ahora... supongo que les conviene a los dos, pero no se cómo van a conciliar las posturas opuestas que mantienen. La Autoridad Palestina ha reconocido Israel, pero Hamás no lo reconocerá nunca, de manera que ¿en qué va a consistir su acuerdo?

– ¿Y si en septiembre la ONU proclama el Estado Palestino?

–Estados Unidos no lo permitirá.
Podemos ganar la votación en la Asamblea General de la ONU, pero el Consejo de Seguridad tendrá la última palabra y allí lo vetarán. Israel no entiende que lo mejor para ellos es que tengamos un Estado propio.

–¿Y Hamás entiende que Israel es un hecho? –pregunto.


–No lo quiere reconocer, así que... seguiremos como siempre.

Como en una cárcel


“N” me presenta a algunas personas durante el recorrido. De una casa pegada al muro sale una joven con el hiyad sobre el cabello y un niño en brazos. Se saludan y charlan unos minutos. “N” me explica que es amiga de su hermana, aunque ahora se ven menos porque se ha casado y tiene dos hijos. Le pido que le pregunte por el muro. Ella parece entenderme, porque comienza a hablar con vehemencia.

– Dice que es una vergüenza, que sufre por sus hijos que crecerán en esta cárcel –traduce “N”–. Pregunta cómo se puede sentir una persona que solo ve hormigón y cómo puede explicar a sus hijos que están encerrados detrás del alambre electrifi cado. Antes algunos hombres trabajaban en Israel, pero que ahora pocos tienen permiso. Pregunta cómo se puede mantener a los hijos si están encerrados y no tienen trabajo. Su marido trabajaba en la construcción en Israel, pero ya no tiene permiso y viven de lo que pueden.

Dice que no entiende por qué los israelíes se han quedado con las tierras y ahora los encierran.
Le pido a “N” que le pregunte si cree que algún día habrá un estado palestino además de Israel, y si Hamás puede ser un handicap para conseguirlo. La joven se coloca el hiyad mientras parece pensar la respuesta. Luego me mira de frente, fi jamente, como si pudiera hacerse entender sin necesidad de traducción.
 
– Nuestros dirigentes reconocieron a Israel en 1998 y eso provocó dolor e incomprensión en nuestra gente. Pero lo aceptamos
. Es Israel quien tiene que reconocer nuestro derecho a un Estado. Nos echaron de nuestras tierras, y hemos aceptado que pueden quedarse en parte de ellas. ¿Qué más quieren? Esa pregunta no deberías hacerla aquí, hazla allí –y señala detrás del muro, a Israel– y pregúntales por qué no reconocen nuestros derechos.

– ¿Y Hamás? –insisto, a través de “N”.

– Ese no es el problema, ellos siempre encontrarán una excusa para no reconocer nuestros derechos, para que sigamos así. Las mujeres se despiden con afecto. Seguimos caminando y volvemos a sobresaltarnos por el sonido de una sirena. “N” se asusta de nuevo y me pide que aligere el paso, mientras llama otra vez.

– No sé qué pasa ahora. Parece que la sirena viene de Israel. Recuerdo que la noche anterior, en el hotel de Jerusalén, a los viajeros nos dieron una hoja en la que explicaban que escucharíamos el ruido de sirenas y que se trataba de un ejercicio de emergencia.

Se lo digo a “N” y se tranquiliza. Le pregunto cómo es su vida cotidiana. –Vivimos en una casa modesta. Mi marido trabaja en una tienda para turistas. Yo ayudo como puedo, a veces hago de intérprete, pero no trabajo más que unos pocos días al año. A las agencias no les gusta que les hagamos competencia. Ese es un motivo más para que no digas mi nombre y no saques mi fotografía.

Lecciones aprendidas. Me voy de Belén habiendo aprendido unas cuantas cosas. La primera, que los cristianos palestinos están dejando la ciudad y se sienten abandonados por el resto de la cristiandad, y que sus relaciones con musulmanes y judíos no son fáciles. Me llevo la congoja prendida en la retina por la visión de ese muro. Me pregunto cómo se puede albergar otra cosa que no sea desesperanza, indignación o rabia si uno tiene que vivir encerrado entre hormigón como castigo a lo que no ha hecho. La presencia del muro es permanente.

Hay “check points” que, desde Israel, dan paso a los territorios palestinos.
En un lado, los soldados israelíes; en el otro, las fuerzas de seguridad palestinas. Tengo la impresión de estar en el Berlín de antes de la caída del Muro, donde uno se acongojaba con el solo hecho de pasar del Oeste al Este. El muro que ha levantado Israel es igual, o a mí me lo parece, y siento la misma inquietud, las mismas punzadas de dolor en el estómago. No puedes dejar de verlo y de compadecerte por quienes viven encerrados tras él.

Cada entrada es el recordatorio de un conflicto que divide a dos pueblos y ha dejado un reguero de víctimas en ambos lados. Jerusalén es una ciudad con fronteras invisibles que son como cicatrices. En ellas se condensa la historia de los últimos 60 años, los que tiene el Estado de Israel. Llevo varios días viajando a lo largo y ancho del país, pero, para entender Israel y Palestina, hay que perderse por sus callejuelas.

No puedo dejar de pensar en cuánta sangre se ha derramado por la ciudad donde están las raíces de nuestra cultura. Los Santos Lugares, la Vías Dolorosas, el Santo Sepulcro, el Muro de las Lamentaciones... Si la ciudad vieja es apasionante, lo mismo se puede decir de la nueva, armónica y bella. Cada vez que voy, tengo previstas algunas visitas obligadas. Esta vez, al nuevo Museo del Holocausto, el Yad vashem, que recuerda el exterminio de los judíos por los nazis en la II Guerra Mundial.

Visitando el museo uno entiende que este pueblo haya tomado la fi rme decisión de no permitir nunca más que algo así les pueda suceder. Y no solo eso: no van a permitir volver a ser parias sin patria, expulsados de un lado y otro a lo largo de los siglos. Han construido un Estado y lo defenderán con uñas y dientes. Otra tarde decido perderme por Jerusalén Este y llego a la zona donde se congregan los consulados. De vuelta a la ciudad vieja, me topo con la Línea Verde, la frontera invisible que hasta 1967 dividía la ciudad en dos: judía y palestina. Ahora, el tranvía hace de frontera. Los palestinos están en contra de él porque hace más difícil que recuperen Jerusalén.

Del tranvía me había hablado una camarera del hotel. Era muy amable y chapurreaba algo de español, así que solíamos hablar brevemente todos los días. Me contó que era palestina con ciudadanía israelí. Lo dijo resignada, como si no hubiera tenido otro remedio que aceptar una nacionalidad que no sentía suya. Solía ser prudente, yo diría que desconfiada, tanto que un día la pregunté su nombre e hizo como que no me entendía. Aún así me contó que sus padres no habían huido del “desastre” del 48, cuando se constituyó Israel y estalló la guerra. Algunos familiares se marcharon pensando que volverían pronto.

 “No creo que veamos su regreso. Hay diputados palestinos, estamos exentos del servicio militar, pero este no es nuestro Estado, aunque es nuestra tierra”
. Me contó que Israel necesita mano de obra: antes era palestina pero ahora traen trabajadores de fuera. “Es otra manera de hacer la guerra”, dijo. Volví a preguntarle su nombre. Volvió a no entenderme. La otra guerra. Salgo de Jerusalén con destino al norte: Haifa, San Juan de Acre, Mejido, Nazareth, Cafarnaúm, el mar de Galilea... Quiero hacer el viaje tranquila para empaparme del paisaje y hablar con quién quiera compartir sus palabras.

Llego a los Altos del Golán, en la frontera con Siria, donde grupos palestinos han intentado derrumbar la valla que hace de frontera. Ahora todo está tranquilo, aunque aquí la tranquilidad es tenue como el viento y, de un día a otro, la calma se convierte en infierno. Paro junto al mar de Galilea, donde los Apóstoles se ganaban la vida como pescadores, y que hoy es un centro turístico.

En un café tengo la suerte de encontrar a algunos israelíes abiertos a conversar con una desconocida. Les preguntó por el Golán, si algún día lo devolverán a Siria. Me responden muy serios que nunca será un problema para la paz, que lo devolverán en cuanto Siria reconozca el derecho de Israel a existir. Luego una mujer me dice: “Claro, que ahora no tendríamos con quién negociar. No sabemos qué pasará en Siria”. Y se enzarzan en una discusión sobre el futuro de sus vecinos.

Los pioneros.

Dejo atrás el mar de Galilea por la carretera paralela al río Jordán, que parece situada en tierra de nadie. En realidad está en Cisjordania, pertenece a los palestinos y sirve de frontera con Jordania. Paro en un restaurante por observar el río donde Juan el Bautista bautizó a Jesús. Me siento junto a una familia numerosa. Dos mujeres llevan la voz cantante. Una me pregunta de dónde soy. Parece alegrarse cuando digo que española. Habla castellano con deje porteño y dice que pasa las vacaciones cerca con su cuñada y sus hijos, sobrinos y nietos. Solo ella habla castellano; el resto, hebreo e inglés, y su cuñada, ruso.

Tiene ganas de hablar y yo de preguntar, así que enhebramos una conversación sin tregua. Se llama Miriam y nació en Buenos Aires. Vinimos en 1950. Mi madre era polaca y sobrevivió a la guerra porque su marido la envió a Argentina con unos parientes. Él murió en un campo de concentración. Mi madre se volvió a casar y nací yo.

Mi padre era argentino de origen polaco. Ambos perdieron familia en los campos, por eso decidieron venir. Nos instalamos en un kibbutz de frontera. Crecí con el temor de que sonara la sirena que anunciaba los continuos ataques. Tuve que acostumbrarme a ver a mi madre con una escopeta al hombro. No había jerarquías, cada cual tenía lo que necesitaba pero la austeridad era extrema. Vivíamos con miedo, rodeados por poderosos países árabes, cuyos dirigentes prometían echarnos al mar.

A veces me pregunto cómo lo conseguimos
. Si creyera en los milagros, diría que nuestra supervivencia lo es. Pero falta lo más importante: ganar la paz. Sus palabras me dan pie para preguntarle cómo se puede lograr esa paz. Y dice: –Con dos estados, los israelíes lo saben, hasta los más intransigentes. Solo así podremos vivir en paz. Será cuestión de tiempo que se cierren las heridas.

Todos hemos tenido pérdidas, pero si ellos tienen un Estado será más fácil tener unas relaciones de igual a igual. Yo he perdido a mi primer marido, a un hijo y a un nieto. Su cuñada la interrumpe y hablan en hebreo. Miriam vuelve a la conversación: –Ella se llama Ila y nació aquí. Sus padres eran rusos y fueron de los pioneros que pusieron en marcha la vida comunal que dio lugar a los kibutzs. En 1900 esto era un erial, un pedazo del imperio turco. No existían Palestina, Jordania ni Siria. Dice que Europa cree que llegamos a un país y nos lo quedamos, pero esto no era un país.

Ila perdió a su padre en la Guerra de Independencia y a su madre en un ataque de los fedayyines. Sus hijos han muerto en otras guerras y uno, en un ataque suicida. Esperando la paz. Una de las jóvenes, Esther, dice que está a punto de comenzar su servicio militar y que se siente orgullosa de defender a su país. Cuenta que conoce a jóvenes que se niegan a servir en “los territorios”.

No son muchos, pero se les escucha, e insiste en que la mayoría de los israelíes quieren la paz. Dice que a los “halcones” del Gobierno les viene bien Hamás para retrasar el reconocimiento del estado palestino. “Hamás es la excusa perfecta”, dice Esther y me parece escuchar a la joven palestina de Belén. Tienen razón: los fanáticos se autoalimentan e impiden la convivencia en paz. De las conversaciones de estos días llego a la conclusión de que en Israel tienen claro que algún día habrá un Estado palestino. La cuestión es con cuánto territorio y cuándo.

Y no menos baladí será llegar a un acuerdo sobre Jerusalén y el regreso de los refugiados. En septiembre, Naciones Unidas tendrá que votar una resolución sobre la creación de un Estado palestino. Israel intentará impedirlo a cuenta de Hamás, mientras Hamás repite que solo aspira a la eliminación del Estado de Israel. Y, sin embargo, sería la mejor ocasión para dar una oportunidad a la paz y llevar adelante el plan que un día fi rmaron dos adversarios formidables, Isaac Rabin y Jaser Arafat, dos hombres que entendieron que después de cinco guerras solo quedaba una opción: dos estados y vivir en paz

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