Mujeres de hoy

Soraya Sáez de Santamaría: "Planchar me distrae y me relaja"

Soraya Sáez de Santamaría, portavoz del Partido Popular en el Congreso

  • Soy portavoz del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados desde abril de 2008. Llego a mi despacho de la Carrera de San Jerónimo en Madrid sobre las ocho de la mañana, cuando no hay prácticamente nadie. Aprovecho esa soledad para repasar la prensa, firmar asuntos pendientes, revisar el correo electrónico… Pero el día comienza un poco antes, en mi casa y con mi marido. Me levanto sobre las 6,45 y no perdono el desayuno en su compañía. Lo prepara él mientras yo me arreglo, plancha en mano (con la que me manejo muy bien) y tacones en los pies. Tras la puesta en marcha y la llegada del resto del equipo, repito desayuno con ellos, ya en la oficina. Aprovechamos para arrancar de una manera relajada, porque la jornada de trabajo es muy, muy larga. Hasta las ocho y media de la tarde… En el peor de los casos, hasta las 10 de la noche. En medio de todo, el almuerzo. Muchas veces con mi equipo y cerca del despacho, y otras, muchas, comidas de trabajo derivadas de mi responsabilidad. Mi equipo y yo somos como una familia. Unos días italiano, otro días menú y, los menos, ¡hamburguesa!

Mi trabajo no es únicamente debatir y hacer oposición en las sesiones de control al Gobierno, conceder entrevistas en los medios o dar mítines. La política, al menos la mía, lo inunda todo. O casi todo. Incluso cuando nadie me ve.

Mi despacho está siempre abierto, sobre todo para particulares o asociaciones que nos visitan para pedirnos ayuda y colaboración, algo que no se les puede negar y se merecen. Además del desayuno, no perdono la cena en casa. Cenas que salen de lo que yo misma preparo los fines de semana y que planifico con detalle.

El ritual comienza con las llamadas a la familia. Primero, mis suegros, y después, charlo unos 15 minutos con mi madre, que es quien de verdad me da el pulso de las dificultades del día a día y en quien encuentro la mejor valoración y análisis de la jornada. Conversaciones de las que saco, incluso, alguna que otra frase para el debate en el Pleno del Congreso.

 Rara vez falto a la cena en casa. Sólo en casos contados y excepcionales acudo a cenas de trabajo. Tras recurrir al “tupper”, un buen libro o una película, casi siempre vistas a trozos. Mi marido se encarga del desayuno, pero no sólo eso.

Soy una privilegiada, porque todo lo que tenga que ver con la organización de la casa y la limpieza lo dejo en sus manos, algo que debo agradecer a mi suegra. Para mí hemos reservado otras tareas: la compra, algo que me gusta hacer carrito en mano el fin de semana; la plancha, que me distrae y me relaja... La cocina es mi dominio. Y una de las aficiones a la que, si pudiera, me gustaría dedicarle más tiempo y mimo. Pero, de momento, me conformo con los fines de semana para dedicarme a los fogones.

Hablando de los fines de semana, ya os decía que la política lo inunda prácticamente todo. A veces incluso el tiempo de “descanso”. Este trabajo impide que se pueda apagar el móvil porque nunca se sabe qué puede ocurrir o a qué se debe responder. Ni cuando se gobierna ni cuando se están en la oposición. Imprevistos que te pueden asaltar en plena sesión de plancha. Pero para eso está el manos libres. Además, reservo parte de la tarde de los domingos a lo que yo llamo mi “momento Facebook” de la semana. Me encargo personalmente de atender mi página en la red social, algo que me permite estar en contacto directo con los votantes. Y me encanta.

Lo normal es que el fi n de semana sea mío, y para los míos. La familia y los amigos de mi marido están en Badajoz y los míos, en Valladolid, así que nos repartimos el mes en visitas a nuestras casas. Allí el tiempo es sólo para ellos y nunca hablamos de nuestro trabajo. Salir de cena, tomar un aperitivo y hablar, sobre todo ellos. Nunca planifi camos qué hacer en estos viajes. Las únicas que marcan el ritmo son mis sobrinas, a las que dedicamos todo el tiempo que podemos y quienes ya nos están echando de menos antes de marcharnos. Es de agradecer, primero, que mi marido entienda lo extraordinario de mi trabajo y que siga mi ritmo. Y segundo, el hecho de que ni mi familia ni el entorno más cercano nunca, nunca, me hayan echado en cara o reclamado la cantidad de tiempo que les robo.

 Sé que tengo que cuidarme. Me gusta ir de compras, pero no siempre es posible. Voy a la peluquería una vez al mes para arreglarme el corte y las compras las hago casi a salto de mata. Eso sí, confieso que internet me facilita mucho las cosas. Incluso recurro a la ello para comprar las cortinas. Y he de confesar que a veces siento envidia cuando mis amigos quedan para salir a cenar y tomar una copa, y yo no puedo porque debo atender mis compromisos o preparar una comparecencia.

Las 24 horas del día se me quedan cortas, pero al cabo del año, entre festivos, puentes y unos días a comienzos de agosto, sumo unos 20 para poder descansar e irme de vacaciones. Un tiempo en el que desconecto, pero sólo mentalmente porque, una vez más, mi teléfono móvil sigue estando siempre conectado.

 Si el día tuviera una hora más, desde luego, la invertiría en mi vida personal. A leer e ir al cine, dos placeres a los que puedo dedicar poco tiempo. Y si tengo que escoger un destino de vacaciones sería la playa. Este ritmo puede parecer duro y cansado, y, en ocasiones, lo es. Pero, de repente, te pasan cosas como la que me ocurrió hace unos días. Comprando el pan, una señora que recogía media barra en la panadería de mi barrio me dijo que le diera las gracias a Mariano Rajoy por la defensa que estamos haciendo desde la oposición a favor de los pensionistas. Un detalle pequeño, rápido y sincero que me alegró el día e hizo que todo el tiempo que dedico a mi trabajo mereciera la pena. Y es sólo un ejemplo.

Araño tiempo para mí, para mi marido, para mi familia y para mis amigos.
Pero el resto lo invierto en los millones de españoles que han confi ado sus vidas a mi partido. Mi deber es corresponderles con mi trabajo y dedicación. Y es un placer.

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