Sale a saludar arropado por su equipo al completo y con su característica bata blanca. “Siempre voy con mi bata de trabajo, con la que estoy en el taller –nos asegura-. Es una costumbre de los años ’60, Balenciaga, Dior… siempre iban así, y aunque es algo que en estos tiempos ya se ha perdido, yo la conservo aún”.
Escoltado por sus musas del pasado, aunque se empeña en reconocerme que para él “todas las mujeres son musas e inspiración”, saluda al presente. De la mano lleva a Judit Mascó, que “llevaba sin desfilar doce años, porque mi hija tiene once y fue ahí cuando lo dejé”, pero que lo tuvo claro cuando la llamaron para proponerle participar en este homenaje a Berhanyer: “ha sido súper emocionante, no puedo negar que se me han llenado los ojos de lágrimas. Lo hemos vivido con él, está muy mayor ya, tiene mucho amor a la profesión y sabíamos lo importante que era para él… y para todas nosotras”.
Sobre la pasarela, Elio es el último maestro de la Alta Costura española, pero es en el cara a cara cuando el octogenario modisto gana de verdad la batalla. Si un niño le pide que se haga una foto con él, los años no le pesan y se arrodilla para ponerse a su altura; si sus nietos llegan a felicitarle, simplemente, se deshace.
¿El secreto de sus más de 40 años de dedicación a la moda? “Amar lo que hago. Tengo hijos y nietos, y quiero a mi familia con locura, pero el gran amor de mi vida es mi trabajo”.
Con una colección que nuestra colaboradora en MujerHoy.com Judit Mascó calificó como “muy femenina, apta para cualquier edad, para mujeres elegantes de cualquier época y que no pasará nunca de moda”, y que ha hecho que el público, en pie, no parara de aplaudir y llorar a partes casi iguales (el front-row no dejaba de secarse los ojos), Elio me asegura que “el desfile no es lo que me ha emocionado, aunque ha sido muy especial para mí poder volver a contar con maniquíes y amigas de hace años. ¡Alguna tiene ya más de 60 años! Pero sobre todo ha sido el público, ver cómo estaba todo el mundo. Yo trabajo para las mujeres, para embellecerlas, y que ellas aplaudan mi obra es lo mejor que me puede pasar”.
Aunque el cansancio (“estoy destrozado”, afirma mientras se sienta en uno de los sillones del Kissing Room con su nieta sobre las rodillas) y la preparación de un nuevo pase para el próximo viernes no le dejarán celebrar su éxito hasta dentro de unos días, el maestro Behanyer puede estar bien satisfecho. Sin duda, las bodas de oro de la Pasarela Cibeles no podían tener mejor regalo.