Nacida en una ciudad industrial a 500 kilómetros de Moscú, Natalia Vodionova tuvo que crecer deprisa por exigencias de un guión familiar que no se lo ponía nada fácil: una madre soltera y trabajadora; dos hermanas pequeñas, una de ella con discapacidad mental, de las que hacerse cargo; y no pocas dificultades económicas en casa hicieron que una niña de tan sólo quince años viera su oportunidad de aspirar a una vida mejor cuando un cazatalentos llamó a su puerta.
Desde entonces, el tiempo comenzó a correr a un ritmo de frenético. En tan sólo cuatro años, Natalia aprendió inglés, se fue a vivir a París, comenzó a trabajar en Elle Francia y en campañas de firmas punteras como Gucci, Miss Sixty o Marc Jacobs, conoció a Justin (un aristócrata británico), tuvieron un hijo, contrajeron matrimonio y se trasladaron a Nueva York, desde donde la modelo financia los tratamientos médicos de su hermana enferma. Todo apunta a que la niña que dejó Rusia se ha hecho mujer y ha conseguido todo lo que un día soñó: esperanza para su familia.
Sin embargo, aun habrían de llegar sus mayores éxitos. Embajadora de L’Oréal, de Calvin Klein y, actualmente, de Guerlain, la top es portada de Vogue cuando está embarazada (en la edición francesa en 2006, cuando esperaba a su segudo bebé; y en la norteamericana cuando esperaba a su tercer hijo, Viktor), además de ser el rostro de la línea de maquillaje de Chanel y de Versace.
Lejos de olvidarse de sus raíces, Natalia lucha para mejorar la vida de los niños rusos por medio de su fundación, The Naked Heart, que desde que la creó en 2005 ha conseguido el apoyo de celebrities de la talla de Bono, Karl Lagerfeld, Scarlett Johansson, Lucy Liu, Valentino o Diana Von Furstenberg.
Así, la top encarna a la perfección todos los valores que Etam quería imprimir en su marca: sinceridad, entusiasmo, generosidad, compromiso, dulzura y belleza.