La primera funciona como un depósito de agua para el resto del organismo, al que cede y del que captura el agua en función de las necesidades del cuerpo.
El agua favorece la buena organización del colágeno y le da firmeza y elasticidad a la piel. Pero la dermis está tan bien organizada que incluso cuando hay carencias de líquido, sigue manteniendo todas sus funciones.
Otro gallo nos canta cuando llegamos a la epidermis, esa capa superior de la piel que está a la vista de todos, la que cubrimos con cremas y cuidamos con mimo.
En esa finísima película, el agua tiene una vida mucho más dependiente de las agresiones externas. Incluso variaciones muy pequeñas de este contenido líquido la afectan y se vuelve áspera. También se marcan más las arrugas y el cutis aparece más apagado. Para asegurarnos de que la piel está hidratada, hay que ingerir una cantidad suficiente de líquidos y mantener en muy buen estado la epidermis, lo que impedirá que el agua se 'escape' al exterior.
¿Por qué nos deshidratamos? Principalmente debido a la edad. Al envejecer, la piel se hace más seca y pierde su capacidad para retener el agua.
El tabaco es un gran generador de radicales libres y, por tanto, envejece. El frío y el viento arrastran la protección natural dejando la piel más vulnerable. Los cosméticos agresivos también pueden desproteger la epidermis.