“El embarazo me cogió de improviso. Mi familia se llevó un disgusto, pero me apoyó y, un mes después de acabar el curso, nació Carlos. Al cabo de un par de meses, pensé que estaba privando al padre del niño de disfrutar de él a diario y, sin pensarlo, nos casamos. Ése fue el gran error: hoy creo que fue una locura hacerlo sin convivir. A los dos años nos divorciamos. Fue duro, pero no se me cayó el mundo encima. Decidí quedarme en el pueblo de Zamora en el que vivía –mi familia estaba en Salamanca– y apañarme sola. Mis padres me ayudaban, pero estuvimos muy bien los dos. Sé que me he perdido muchas cosas, pero no me importa. Crecimos juntos. A partir de su nacimiento empecé a madurar a marchas forzadas. Quizá, de haberlo pensado bien, lo habría tenido más tarde para poder darle más cosas, como una familia completa. Pero también tenemos una relación muy especial. Tiene 26 años y es la primera persona a la que llamo si estoy enferma, contenta, triste... Él me apoya y me dice que quiere verme feliz. ¿Cómo no estar encantada de tener un hijo así?”.