Prisionera en el tiempo
Si nuestro mundo interno guarda conflictos que se actualizan en síntomas incómodos, podemos tener la sensación de quedarnos atrapadas en el tiempo. Si nos conocemos y nos queremos como somos, sin demasiados conflictos que resolver, tendremos la capacidad de revisar lo que hemos hecho para desprendernos de lo que no nos gusta y poner en marcha lo que queremos mejorar. Si el pasado se convierte en una carga, la década que comienza la viviremos con pocas expectativas, o repitiendo lo de siempre. La posibilidad de disfrutar de los proyectos de futuro depende de no quedarnos prisioneras del pasado.
En la radio se oía a Soledad Bravo cantar: “El tiempo, el implacable, el que pasó, sólo un herida triste nos dejó, qué violento cimiento nos forjó, llevaremos sus marcas imborrables aferrarse a las cosas detenidas en ausentarse un poco de la vida...”. Mientras escuchaba, Inés sonreía y reflexionaba sobre esta frase. Estaba a punto de acabar su psicoanálisis, en el que había podido reescribir su historia. Había durado 10 años, algo significativo porque en su vida las décadas estaban connotadas por acontecimientos traumáticos. Cuando comenzó el tratamiento, tenía 30 y parecía que su existencia estaba detenida. Se sentía deprimida desde que había roto con su cuarta pareja. Comenzaba a creer que siempre estaría sola.
Soltar lastre
Sus relaciones solían empezar de forma apasionada, pero al poco se rompían porque no recibía el amor que esperaba. En la primera entrevista con su psicoanalista, había contado cómo su padre murió de un infarto cuando ella tenía 20 años. El recuerdo la hizo llorar, mientras decía que no sabía por qué, pues había tenido poco contacto con él. Sus padres se habían separado cuando ella cumplía 10 años. Ese día se encontró a su madre llorando porque su padre se había ido de casa. Siempre se sintió abandonada. Varios años más tarde, su padre reapareció en su vida con más continuidad, y cuando estaban retomando la relación que tanto había añorado, murió.
En el tratamiento pudo asociar las dificultades que tenía con sus parejas al temor que le producía comprometerse por si la abandonaban, como su padre. Inés adjudicaba a los hombres la responsabilidad de suplir la carencia paterna. Como su petición era excesiva, sólo encontraba frustración. Al comprender lo que le ocurría, sentía que se había liberado de un lastre. Ahora, al cumplir 40 años, se había casado y estaba embarazada. Todas las cosas importantes de su vida ocurrían al cumplir una década.
Claves
Algunas formas de relacionarse con el tiempo señalan conflictos de los que nada se sabe conscientemente. Por ejemplo:
• El control exagerado del tiempo, con horarios muy rígidos. Hay personas que intentan controlar la realidad confeccionando horarios en los que cada minuto se sabe lo que hay que hacer. No hay lugar para los imprevistos. Temen el tiempo libre, sin programación, porque huyen de lo que pueden sentir emocionalmente. Se sienten perdidos si no tienen todo el día ocupado, temen que aparezcan deseos que les compliquen la vida, les asusta dejarse llevar por sus afectos.
• En el otro extremo están las personas que no pueden ajustarse al tiempo acordado con los demás y llegan tarde o se van antes. No acaban lo que tienen que hacer en hora e imponen su ritmo a los otros. Es posible que hayan sido niños muy exigidos, que ahora se rebelan con los demás, al no poder hacerlo contra sus padres.