“¿Te acuerdas del primer verano que vinimos con los niños? Estabas muy preocupada de que no se quemaran. Llevabas un bañador morado que te quedaba muy bien. Recuerdo que en aquel momento pensé que eras la mejor madre que podía haber elegido para nuestros hijos; además eras inteligente y preciosa”, le dice Carlos a su mujer en el chiringuito de la misma playa de todos sus veranos. Irene se acerca y le da un beso mientras susurra: “Gracias, cariño”.
Un deseo necesario
Aquella noche hicieron el amor como al principio porque las palabras de Carlos alimentaron el deseo de ambos. Irene pensó que había tenido suerte al encontrar a un hombre que siempre hablaba de todo lo que hacían juntos, señalaba sus virtudes y la hacía sentirse la protagonista de su vida junto a él.
Era el primer verano, después de siete años, que estaban solos, pues habían enviado a los niños a un campamento. Después de aquellas palabras, Irene pensó que ella, sin embargo, se había fijado muy poco en él desde que se convirtió en madre. Había mantenido una relación muy distante con su padre, en el que nunca encontró las palabras de apoyo que ahora, en cambio, hallaba en su marido, un hombre que sí sabía nombrar su amor por ella y al que, con frecuencia, ella no prestaba atención. Ello la llevaba a no disfrutar todo lo que podía de su relación con él, identificándose así con su madre, que siempre se quejaba de un hombre que nunca la animaba. Aquí, frente al mar, relajada y con todo el tiempo por delante, pudo escuchar y dejarse amar, además de dirigir hacia su pareja el deseo de encontrarse más íntimamente con él.
Evitar la frustración
La vida cotidiana, el trabajo y los hijos pueden invadir la relación de pareja hasta tal punto que el espacio reservado para ella desaparezca. Dos personas que se querían pueden convertirse en dos desconocidos si no cuidan su relación amorosa y rescatan algo de tiempo para estar solos. La pareja no sólo es vulnerable a los acontecimientos externos, buenos o malos, que conlleva el paso del tiempo, sino a los cambios internos de los individuos que la componen. Si no somos conscientes de ellos, podemos conducir nuestra convivencia a un deterioro del que no nos damos cuenta hasta que la incomodidad explota o el aburrimiento se instala. En estos cambios internos interviene la repetición de modelos vividos y que reproducimos porque no recordamos la influencia que tuvieron sobre nosotros. Para que las vacaciones sean un tiempo del que la pareja salga fortalecida hay que reconocer primero los sentimientos que se tienen en la actualidad hacia ella y después pensar cómo va nuestra comunicación amorosa.
Una relación estable puede ser el mejor excitante del deseo, pero en ocasiones también se puede sentir como un espacio frustrante porque, a medida que progresa, vamos viendo que el otro tiene rasgos diferentes a los que esperábamos. A nosotras nos ocurre lo mismo. Nos creemos juzgadas, cuando en realidad la censura del otro es, con frecuencia, un reflejo de la nuestra por no haber sabido responder a una exigencia excesiva.