Vivir en positivo

Foto: La segunda vez que nos comprometemos en una relación matrimonial somos portadores de una historia afectiva que nos ...

Segunda oportunidad

  • Averiguar qué falló en la anterior relación debe ser el paso previo para establecer un nuevo compromiso afectivo sin repetir los errores que condujeron a la ruptura.
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La segunda vez que nos comprometemos en una relación matrimonial somos portadores de una historia afectiva que nos determina. Arriesgarse a amar de nuevo implica disponer de los recursos psicológicos necesarios para enfrentar los conflictos de la propia biografía afectiva e intentar escribir otra con un nuevo guión. Algunos temores son lógicos cuando se establece ese segundo compromiso afectivo. La ruptura del primer matrimonio exige un trabajo de duelo para que la primera pareja deje de ocupar el lugar que tuvo. El segundo encuentro provoca interrogantes acerca de la relación anterior y el futuro de la actual.

"¿Por qué se separaron? ¿Por qué se unieron? ¿Me querrá a mí de otra manera? ¿Será diferente esta vez?". Estas preguntas aparecen para calmar los miedos que se tiene a repetir algo de lo sucedido en el pasado. La nueva pareja ha de atravesar algunas situaciones complejas, porque el cónyuge actual debe aceptar que hubo antes otra persona ocupando ese lugar.

En ocasiones, los hijos de la anterior relación pueden colocarnos en situaciones de exclusión que evocan la que vivimos en la infancia, dentro de nuestra propia familia, al vernos obligados a aceptar que no estábamos incluidos en todo lo que nuestros padres hacían. De este modo, el juego de identificaciones con las figuras parentales, que determinó en cierta medida el fracaso en el primer matrimonio, también influirá en el segundo si no se han elaborado los afectos y los deseos que hicieron romper el primer lazo conyugal.

Seguir oculta

Fernando estaba enamorado. Sólo era feliz cuando estaba con ella, pero no quería decir nada en su familia. Su argumento era que quería proteger esa relación, pues era demasiado bonita para que los demás empezaran a atacarla. Temía que su familia no la viera con buenos ojos. Alba comenzó a sentirse muy incómoda cuando se dio cuenta de que él la ocultaba. Fernando estaba divorciado desde hacía dos años y tenía un hijo de cinco. Su matrimonio hizo aguas al poco de nacer el niño y fue su ex quien planteó la separación, que se llevó a cabo de mutuo acuerdo. Él aceptó todo lo que le pidió con tal de poder estar con el niño el máximo tiempo posible. Además, sentía una verdadera liberación al no verse obligado a permanecer junto a una mujer a la que ya no quería y a la que guardaba mucho rencor.

Alba comprendía al principio las reservas que él le ponía, pero al cabo de un año le planteó que no quería seguir oculta porque el amor sólo se mantiene en la clandestinidad cuando se tiene una doble moral, algo que ella no estaba dispuesta a aceptar. Fernando comenzó a angustiarse. Pero como antes de la separación había empezado un tratamiento psicoterapéutico, al que había acudido por un estado de ansiedad y estrés que no le dejaba dormir, pudo analizar lo que le ocurría y disolver su angustia. Allí comprendió que se sentía muy culpable de mantener la relación amorosa con Alba, porque en alguna medida traicionaba a su madre y también a su primera mujer, que se parecía mucho a su progenitora. Pero, sobre todo, se identificaba con su padre en lo por lo que más le había odiado: porque había tenido una amante y pasaba temporadas fuera de casa.
 
Fernando siempre había estado muy apegado a su madre, por la que sentía una gran ambivalencia y un poco de pena, pues la consideraba una víctima de su padre. Durante el tratamiento, se acercó un poco a su padre, pero no conseguía perdonar su infidelidad, así que se identificó con él cuando empezó a salir con Alba, una mujer muy diferente a su ex. Aunque estaba divorciado, sentía que le era infiel a su antigua pareja, que inconscientemente le evocaba a su madre. Las racionalizaciones que se hacía en relación a las posibles dificultades de su hijo para aceptar su nueva relación estaban asociadas a la rabia que sintió él de pequeño contra su propio padre. Su preocupación por que el niño no se encontrara solo era también un intento de reparar las carencias afectivas de su niñez. Tiempo después, Fernando se casó con Alba, con la que tuvo dos hijos. Cuando lo decidió, estaba seguro de que ya no iba a sentirse culpable por amar a una mujer ni inseguro del amor de sus hijos.

Volver a empezar

Amar y ser amados es inherente a la condición humana. Es importante saber que una ruptura puede ser el primer paso para escapar de una biografía emocional conflictiva. Siempre podemos tener una segunda oportunidad, pero para ello hemos de ser generosos con nosotros mismos, preguntarnos qué nos pasa e interrogarnos sobre nuestra participación en el fracaso vivido. De este modo, nos concederemos la posibilidad de cambiar.

Cuando la persona se da permiso para sentir todo lo que un desengaño le ha promovido (rabia, dolor, desamparo, tristeza) y remueve en su pasado para entender lo ocurrido, está preparando el camino para despedirse de su pareja actual y volver a tener una relación amorosa. Cuando la animadversión desaparece, porque las identificaciones con el otro se han aclarado, queda más energía disponible para volver a amar.

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