Sentimientos

Disfrutar del trabajo (a pesar de todo)

  • Nuestro empleo nos somete a la mirada ajena. No valorarlo como se merece delata una escasa capacidad para tolerar la frustración.

El trabajo representa la conquista de una autonomía personal que, entre otras cosas, otorga la independencia económica. Favorece la salud mental porque canaliza las energías vitales hacia una labor social. Nuestro 'yo' se pone en contacto con la realidad y contribuye a mejorarla. Estamos sometidos entonces a la mirada de los demás. La mujer afirma su identidad femenina y el hombre su identidad masculina en el trabajo. Su subjetividad queda fortalecida. El trabajo cura de algunos sinsabores de la vida y en muchas ocasiones sirve para que la vida familiar también discurra mejor. Si una persona se siente más firme en su identidad, se encuentra mejor consigo misma y este bienestar lo transmite a su entorno. En estos tiempos el trabajo se valora aún más porque es un bien escaso. Pero, además de su valoración económica, ¿disfrutamos con él? Es probable que las condiciones laborales se endurezcan. Aun así, es importante que la actitud sea positiva. Si no pensamos que podemos superar las dificultades, si somos incapaces de valorar lo que tenemos y cargamos el acento en lo que nos falta, resultará difícil que disfrutemos de nuestra ocupación. Irene había tenido una conversación con una amiga que siempre se quejaba por lo que sucedía en su oficina. "Bueno, pero somos unas privilegiadas, tenemos trabajo y no sufrimos como otras personas que están pasando muchos apuros", le contestó Irene. "Privilegiada lo serás tú, que trabajas en lo que te gusta, pero yo tengo un empleo burocrático y aburrido, con un jefe insoportable", la rebatió su amiga.

QUEJA CONSTANTE. Cuando se despidió de ella, Irene se quedó pensando. ¿Se encontraría su amiga a gusto en cualquier trabajo? Probablemente no. Ella tenía suerte te de tener un empleo, aunque no exactamente el que le hubiera gustado. No todo era un camino de rosas, a veces surgían dificultades. Trabajaba mucho más que antes, pero ganaba menos y la presión era muy alta. A pesar de todo, estaba contenta cuando acababa algo que consideraba bien hecho. Ella no negaba que las condiciones hubieran empeorado, pero no estaba dispuesta a fijarse solo en lo que había perdido. Por eso podía disfrutar con ello. Se preguntaba por lo absurdo que era protestar todo el día, como su amiga. Ella, una mujer muy trabajadora, sabía sacar partido a lo que hacía, había conquistado una actitud hacia su actividad laboral positiva, aunque no se trataba, como creía su amiga, del trabajo que más le gustaba. Confiaba en que más adelante, cuando las cosas mejoraran, cumpliría su sueño.

Tampoco le había resultado fácil sentirse bien en su empleo. No lo logró, de hecho, hasta que comenzó a sentirse bien consigo misma. Irene pensaba en la frase que su amiga le había dicho acerca de que su jefe nunca le reconocía lo que hacía. Le evocaba a su padre, al que ella vivió como un hombre imposible de satisfacer con lo que hacía. Pero eso le pasaba antes de elaborar en una psicoterapia los conflictos que le había ocasionado la mirada de su progenitor sobre ella. Consiguió acercarse más a lo que deseaba y dejar de hacer las cosas que suponía que él quería. Por supuesto, le gustaba que le reconocieran lo que hacía, pero la vida no era así. En primer lugar, era una misma quien tenía que apreciar lo que hacía y procurar hacerlo bien. Después, con suerte, alguna vez sería reconocida por ello.

¿De dónde proviene que unas personas tengan una actitud frente a su trabajo que las hace disfrutar más que a otras? Nuestra actitud viene marcada por la mirada que nuestros padres nos han dirigido y la manera en que organizamos las identifica- ciones y los deseos que tenemos. De todo esto depende cómo nos sintamos cuando recibimos la mirada social a partir de lo que hacemos. Ya no somos observados por la familia, sino por los demás, que se convierten, según lo que nos devuelvan, en un espejo de quiénes somos en el ámbito social.

MADUREZ PSÍQUICA. En casi todos las ocupaciones hay siempre una demanda de reconocimiento que evoca la primera mirada que nos dirigieron nuestros progenitores. Habrá, inevitablemente, una gran diferencia. La madre da amor, comida... da todo lo necesario sin pedir nada a cambio. En el trabajo no hay tanta satisfacción. Con suerte, uno lo hace bien y le pagan por ello, pero nunca se le reconoce como antes, uno no se siente querido. Cuanto más necesidad de amor se tiene, más incomodidad se puede sufrir en el trabajo, porque no se encontrará el reconocimiento de los primeros tiempos de la vida. La capacidad para la frustración ayuda a poder disfrutar más de nuestro empleo, porque esto es posible cuando se ha llegado a una madurez psíquica alta. Según lo que represente el trabajo para cada mujer, este la enriquecerá y será saludable. Pero, a veces, se puede convertir también en una fuente de malestar que le hace sentir desvalorizada o a no alcanzar nunca el puesto al que aspira o a no poder disfrutar con el que consigue.

Nuestro oficio es un espacio donde buscamos lo que necesitamos para vivir independientes, aportamos lo que podemos, nos reflejamos en lo que hacemos y transferimos algo de lo que vivimos antes a lo que hacemos ahora. En alguna medida nos creamos, pero en ocasiones también nos destruimos. Es uno de los lugares más importantes por los que transitamos en la vida y en el que pasamos mucho tiempo. El otro espacio es el que se refiere al amor y las relaciones afectivas.

LA PALABRA, la economía psíquica.
Nuestro psiquísmo tiene una cantidad de energía limitada que conviene administrar y que recibe el nombre de libido. Existe un equilibrio de energía entre lo que ingresamos y lo que consumimos. En algunos casos, la curación se produce con una descarga del afecto retenido.
En algunos casos, la curación se produce con una descarga del afecto retenido que se puede desplazar a otro suceso o expresarse con un dolor corporal. Una persona que esconde su irritación y luego, ante una provocación, reacciona de forma violenta, es porque la irritación que había sofocado continúa actuando y tiende a la descarga.
Si hay una cantidad de excitación alta hay que utilizar mucha fuerza para sofocarlos, lo que produce una fatiga que explica el agotamiento que se puede sentir sin hacer demasiadas cosas. Según el psicoanalista Otto Fenichel, en la adolescencia y la menopausia se dan este tipo de procesos por cambios corporales.

LAS CLAVES

  • No existe el trabajo perfecto, pero siempre habrá uno con el que te identifiques más que otros. Aprender a esperar, lejos de impedir el cambio, lo alimenta.
  • Tenemos que conocer bien nuestros deseos, pero también nuestras limitaciones, y no verlas como un obstáculo. Lo que no poseemos hoy, si luchamos por ello, podemos alcanzarlo mañana.
  • La capacidad para disfrutar de lo que se tiene, está directamente relacionada con la madurez emocional. Solo se puede llegar a valorar algo cuando se ha renunciado a la fantasía infantil de querer tenerlo todo.
  • No tener una necesidad de castigo inconsciente que impida disfrutar con lo que se hace. Bastantes dificultades externas hay que manejar para aumentarlas con una actitud negativa hacia lo que hacemos y hacia nosotras mismas.

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