Su madre, adicta a la cocaína, marcó su infancia y su vida. Poco antes de morir, hace tres años, se lo pidió: “Escríbelo, Isa, escríbelo…, con todo lo que sabes a lo mejor ayuda”. Isabel lo ha escrito, sigue ayudándola después de muerta, realizó su deseo. El libro, que se titula “Por ti lo haría mil veces”, ya anuncia una declaración de amor, un intento de entender a una madre autodestructiva que no pudo ocupar el papel materno que protege a su hija, pues fue su hija quien tuvo que protegerla a ella.
En esta dedicación hasta intentó separarla de su segundo marido (el padrastro de Isabel), con el que tenía una relación tormentosa. Isabel dice: “Asumí un reto que me sobrepasaba: el de su rescate”.
En esta relación donde la madre era la dependiente de la hija, la hija se quedó sola, vulnerable, desamparada.
En cierto modo le robaron la infancia. Se convirtió en una niña no dependiente, lo que la transformó de mayor en una adulta dependiente. En el intento por entender su vida, encontró una palabra, “codependencia”, que le ayudó a explicar lo que había ocurrido. Cambió la idea de que estaba loca por la de que era codependiente. Para el codependiente la “droga” es la adhesión sin límites a una persona. “Mendigan amor toda su vida y construyen su identidad a través de esa otra persona. Les entregan su vida y hacen lo que sean con tal de ser queridas”, explica Isabel. El codependiente está afectado y obsesionado por controlar a esa persona de la que tienen una dependencia extrema.
Isabel era adicta a su madre. ¿Cómo no le va a afectar a una niña el comportamiento de una madre enferma, hundida en la adicción? Este descubrimiento tuvo importancia, ya que la empujó a tratarse y empezar a disolver su dolor. Esa palabra pudo ser el hilo del que fue tirando para desenredar el ovillo de su vida.
Poner palabras a la verdad personal sana. La mentira y el silencio sobre vivencias traumáticas enferman. En su libro dice que nunca hasta ahora había contado a nadie que iba a comprar a escondidas droga para su madre. “Lo único que tenía dentro de mí era una pasión enorme por proteger a mi madre y ayudarla en todo lo que me pidiera. Era devoción”, escribe en su libro.
Sabe que la van a atacar, pero dice que no le importa.
Alguien que ha tenido la necesidad de hablar para salir del infierno de su infancia, escribe sobre todo para sí. Se trata de un acto también de amor a sí misma. Ya que no tuvo una madre que la acogiera en sus miedos, ha sido ella misma la que los ha expulsado fuera y los ha puesto en su libro. Para entenderlos y para dominarlos, algo que sí puede ayudar a otros. No se trata solo de los acontecimientos traumáticos que marcan el destino, sino de la forma que se tengan de vivirlos, de interpretarlos y de reflexionar sobre ellos.
Con el tiempo, se puede cambiar la mirada que se tenía sobre lo que se ha sufrido. En este sentido, un libro de esas características constituye un ejercicio terapéutico que pone palabras a la historia emocional. Nadie debería juzgar una autobiografía.
La codependencia. Se trata de una forma inmadura de relacionarse con los otros. Decimos que es inmadura porque está matizada, y hasta cierto punto invadida, por tonos emocionales de conflictos pasados que no han sido resueltos.
El drogadicto, que depende totalmente de la sustancia que toma, no necesita de las relaciones humanas que caracterizan la vida del codependiente. Para el codependiente, la “droga” es aquella relación pasada, distorsionada y abrumante, que aunque, ya muerta, hace sentir su presencia catastrófica en el presente de quien la padece.
Esta adicción a otro se mantiene oculta, no se ve y establece su control sobre el “ego” de la persona en su capacidad de interpretar su vida. Distorsiona las situaciones como si estuviera viviendo en su pasado.
La terapia consiste en elaborar el ayer para que el “ego” se libere de la carga que provoca una angustia insoportable. Para ello hay que tener el valor de enfrentarse a la verdad de la historia vivida. El premio por el esfuerzo es dejar de sufrir tanto y hacerse dueña de la propia existencia.