Sentimientos

La ausencia compartida

  • ¿Cómo podemos ayudar a nuestra pareja en Navidad a vivir la nostalgia por un ser querido? Escuchar al otro sin miedo es la clave

La Navidad se asocia a la familia, una palabra que evoca en nosotros emociones que remiten a lo más difícil de controlar: nuestro origen. Puede ser sinónimo de calor, ternura o protección, pero también de asfixia, desamparo o incomunicación. Puede recordarnos algo agradable que nos ayude a superar las dificultades o, por el contrario, convertirse en una carga abrumadora para nuestro corazón.

A partir de cierta edad, sufrimos la pérdida de nuestros padres. Puede que nosotras o nuestra pareja estemos elaborando el duelo por este suceso y la herida esté curándose, pero al llegar estas fechas las ausencias se hacen presentes y ocupan mucho más espacio que durante el resto del año. En las Navidades se producen encuentros donde no estarán el padre o la madre que hace poco han fallecido; regalos que ya no se compran al que falta; comidas que ya no se preparan para ese padre que se fue... Cuando se está elaborando un duelo, estas fiestas pueden teñirse de mal humor, tristeza o cansancio. ¿Cómo podemos ayudar a nuestra pareja si sufre por la pérdida de un ser querido?

Enrique estaba irritado, llevaba unos días que protestaba por todo y no hacía más que repetir que la Navidad era una pesadez. Se había levantado maldiciendo que apenas había dormido, por culpa de una pesadilla. Ana trataba de aliviar el mal humor de su pareja, de la forma más acertada, diciéndole: “Supongo que esta noche prefieres que cenemos en casa de tu madre, aunque quizá allí le eches de menos todavía más”. Una frase abierta, sin afirmaciones, que transmite la idea de que es lógico que él esté afectado estos días. Enrique se quedó en silencio y dijo: “Me apetece acompañar a mi madre, pero por otro lado hubiera preferido ir a casa de tus padres. ¿A quién se le ocurre morirse en Nochebuena? Mi padre era así, siempre en el centro de todo”.

PODER HABLAR. María apenas habló, pero sí escuchó cómo Enrique hablaba de su padre con un cierto resentimiento que revelaba su dificultad para elaborar el duelo por su ausencia. Había muerto, de repente, de un infarto. Enrique tenía muy buena relación con él y sentía que le había abandonado. Por parte de ella no hubo ninguna crítica, le escuchó asintiendo como algo normal a todo lo que él expresaba. Por lo general alternaban: un año iban a casa de los padres de él, otro a casa de los de ella. Este año, con más motivo, tenían que arropar a la madre de Enrique. Los hermanos trataban de ayudarla y llevaban la cena preparada para que ella no tuviera que trabajar, pues no quería salir de casa. Enrique se había ocupado, a la muerte de su padre, de resolver las muchas cuestiones prácticas que son precisas en estos casos. Apenas se había atrevido a expresar su dolor. La pena que no había expresado en su momento salía ahora en forma de irritación. Sin embargo, al hablar con su pareja y recordar a su padre –y al darse cuenta que no perdemos a alguien cuando muere, sino cuando le olvidamos–, la irritación dio paso a la tristeza, pero también a una calma interna que hacía mucho no tenía.

La mejor ayuda que se puede ofrecer en estos casos es saber escuchar, preguntar sobre algunas cuestiones que permitan reconocer lo que le ocurre a la persona afectada y tomar conciencia de que sufre. Enrique escondía tras su irritación la nostalgia por su padre. Se encontraba atrapado en un duelo que todavía no ha podido resolver, porque necesita tiempo. El duelo finaliza cuando la herida está limpia. Si continúa infectada de dolor y falta de aceptación producirá síntomas como tristeza o malestar. Hay que llevar al ánimo del que sufre la idea de que entendemos lo que le sucede, que vamos a estar cerca de él y que puede contar con nosotros.

SABER APOYAR. Las preguntas constituyen una forma respetuosa y eficaz de prestar ayuda porque hacen reflexionar al que lo pasa mal y le dan la posibilidad de poner palabras a lo que siente. Le dan así una vía de salida, lo que alivia la presión interna que padece, siempre que la pareja sepa escuchar sin crítica alguna y sin quitarle importancia a esos sentimientos. Esta forma de acercarse al dolor del otro evita que quien necesita ayuda se sienta aún más desvalido ante quien se la suministra, especialmente en los hombres, ya que ellos huyen más que las mujeres de una posición que les haga sentirse frágiles.

Si queremos ayudar a nuestra pareja, jamás lo deberíamos hacer desde una posición de omnipotencia o de crítica. Se deben aceptar los problemas que el otro está teniendo para resolver sus nostalgias. Respetar su dolor es la mejor forma de aliviarlo, ya que así el afectado sentirá que estamos cerca de él. Psicológicamente, el duelo por la pérdida de un ser querido es posible porque la libido se puede ir depositando en las personas que se tienen cerca. Elaborarlo no es olvidar, es admitir. La imagen del ser perdido no debe borrarse, sino permanecer hasta el momento en que la persona consigue hacer coexistir el amor por fallecido con sus otros amores.

El duelo provoca dolor porque todo aquello que teníamos depositado en quien que perdimos tenemos que reacomodarlo. No solo se sufre por la pérdida de la persona, sino también por lo que nosotros representábamos para ella. Enrique puede hablar de ello al responder a las preguntas de María y eso le alivia. La hemorragia interna de afectos que se produce cuando hemos sufrido la pérdida de un ser querido necesita tiempo para curarse. La mejor medicina es estar cerca de aquellos a los que queremos

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