Todos los padres y madres reviven en sus hijos la relación que mantuvieron con sus propios progenitores. Por eso, algunos hacen pagar a sus hijos las faltas del pasado.
En el entorno familiar se aprende a amar, pero también a odiar. Se puede ser apreciado y rechazado, aunque parezca contradictorio. La familia es la cuna donde todos los humanos aprendemos a manejar nuestra agresividad, algo que se consigue cuando los adultos no utilizan al niño como depositario de la suya. Al convertirse en padres o madres, hombres y mujeres reviven la historia emocional que tuvieron con sus progenitores. Los conflictos que hayan quedado sin resolver pueden salir ahora en la relación con los hijos, que pueden recibir un trato violento porque son depositarios de aspectos inconscientes que los padres rechazan.
Tienen la necesidad de hacer pagar al niño el sufrimiento que vivieron. Las formas de humillación son muy variadas y van desde los apodos que los minusvaloran a los comportamientos abiertamente sádicos. Al niño maltratado se le considera inoportuno. Se dice de él que es decepcionante o que es responsable de las dificultades de sus padres. De este modo, se convierte en el basurero emocional de la familia.
Problemas inconscientes
Fernando, en un arrebato, había pegado a su hijo Damián. Aunque intentaba justificarse, se sentía muy incómodo. Clara, su mujer, se lo había recriminado. Él sentía mucha rabia contra su hijo por ponerle en esas situaciones. El niño le había dicho que él no era nadie para impedirle hacer lo que quisiera. Unos días después Clara y Fernando salieron juntos para reconciliarse. Fueron al cine.
Cuando la película estaba terminando, él se puso a llorar, aunque trató de ocultarlo, y abandonó la sala. Habían visto La cinta blanca, película donde se mostraba que los niños pueden ser muy sádicos con los más débiles si han sido educados por padres autoritarios y violentos. Las cosas se complicaron y pocos meses después buscaron una psicoterapia para Damián, pues cada vez estaba más agresivo. Fernando contó cómo le sacaba de sus casillas hasta el extremo de pegarle. Entonces comenzó a hablar de su padre, un hombre severo y autoritario que le golpeaba continuamente y descargaba sobre él la rabia de no sentirse bien como hombre. Fernando mantenía a su padre idealizado y nunca pudo expresar la rabia que sintió hacia él.
Se quedó dentro y ahora la sentía contra su hijo. No había podido elaborar la posición infantil que conservaba en relación a su padre. La adolescencia de su hijo le había perturbado, despertando en él antiguos deseos hacia su padre que le producían demasiada excitación. Ese sentimiento, en lugar de expresarse en palabras, se manifestaba en actos, o sea en golpes, que producían placer al aliviar la tensión acumulada.
La reacción del adolescente a este tipo de vínculo paterno-filial puede ser la de realizar actos de delincuencia donde lo que busca inconscientemente es burlar al padre o tener problemas sexuales porque no puede sentirse bien con su virilidad.
Traumas futuros
La violencia más destructiva es la que se ejerce cuando los niños son utilizados para calmar la sexualidad que no funciona con la pareja. Se trata de familias que comparten la sexualidad de los adultos con la de los hijos, sin respetar su intimidad. Por ejemplo, una madre que cuenta a su hija adolescente lo que le pasa con su marido o un padre que intenta seducir a la amiga de su hija.
Los niños utilizados de esta forma padecerán problemas psíquicos y su sexualidad se verá alterada de adultos. Se les ha privado de la intimidad necesaria para que su sexualidad madure y sea dirigida sobre objetos amorosos de fuera del ámbito familiar.
Las claves
Algunas actitudes filtran una violencia que provoca sufrimiento a los más pequeños.
Por ejemplo:
La repulsa afectiva que puede estar encubierta dejándoles hacer lo que quieran, sin ponerles los límites que les protegen.
Las exigencias excesivas o desproporcionadas en relación a la edad del niño violenta su proceso de maduración.
Si los miembros de la pareja no afrontan sus conflictos, pueden usar a los hijos, enfrentando a unos contra otros.
Otras veces el odio se desplaza y, como no puede ser descargado sobre la pareja, pasa a los niños. Se les puede violentar poniéndoles un apodo que los minusvalora.
Comportamientos sádicos: compararlos, pegarles o humillarlos delante de otros, señalando lo que no saben hacer. Decir no sirves para nada.