Beatriz González

Autor: EL CORREO
Estadísticamente en el paso de la infancia a la edad adulta es cuando más locuras se cometen. Sin embargo se puede aprender muchas cosas hasta de las situaciones más adversas, aunque sea de forma obligada. Según el psicólogo clínico José González, evolucionamos gracias a los errores ya que el ser humano se crece hasta límites insospechados.
Afirmaba el escritor francés Pierre Benoit que, de sus disparates de juventud, lo que más pena le daba no era el haberlos cometido, sino el no poder volver a caer en ellos. Y es que si algo se echa en falta cuando la alopecia, la barriguita o las arrugas presentan batalla es que ya jamás se volverán a tener 20 años. Y eso significa que jamás podremos volver a hacer lo que nos plazca sin preocuparnos en absoluto de las consecuencias. Estadísticamente, de hecho, es en el paso de la infancia a la edad adulta cuando más locuras se cometen. Aquello de liarse la manta a la cabeza y abandonar un país por amor o fugarse de casa para iniciar una aventura son cosas propias, aunque no exclusivas, de la edad del divino tesoro. Y, en realidad, esto no es nada preocupante, teniendo en cuenta que la mayoría de esos arranques juveniles no tienen consecuencias graves para el resto de nuestra vida. Sin embargo, la revolución hormonal que se sufre desde los 15 hasta los 25 años también puede ser en parte la culpable de otra serie de “locuras” más trascendentales, como tener un hijo siendo casi una adolescente, colgar los estudios definitivamente o introducirse en el peligroso universo de las drogas.
Volver a empezar
¿Se trata, pues, de equivocaciones insubsanables? Son muchos los que no las ven como tales porque se puede aprender algo hasta de las situaciones más adversas, aunque ésta sea una enseñanza un tanto obligada. “Si tenemos las habilidades necesarias o nos apoyamos en las personas adecuadas –explica el psicólogo clínico José González– es posible no sólo superar esos errores, sino también progresar. Es decir, que de las equivocaciones no sólo se aprende; también evolucionamos gracias a ellas”. De este difícil arte, el de hacer de la dificultad una virtud, hay auténticas expertas entre la población femenina que un día tuvo la peligrosa edad de 20 años.
Y aunque sufrieran, aunque se encontraran con decenas de obstáculos y llegara a pasárseles por la cabeza que no iban a poder salir adelante, lo consiguieron. Porque lo cierto es que es en esos momentos, precisamente, cuando el ser humano se crece hasta límites insospechados. “El hecho de afrontar las dificultades como un reto siempre aumenta la motivación de las personas y sus expectativas de éxito –afirma González–. Incluso una persona poco habituada a los cambios puede conseguir sacar algo positivo de su nueva situación y adaptarse a las circunstancias con sorprendente facilidad, aunque no sin esfuerzo”. Tres de esas mujeres luchadoras, que han convertido sus dificultades de juventud en un desafío con mayúsculas, nos han contado su experiencia. Y todos podemos aprender de ella.