Vivir en positivo

Sus hijas, ¿tus rivales?

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Intentar ocupar el lugar de la madre es un grave error y, quizá, el más común. Para que la relación funcione, la madrasta debe limitarse a ser la compañera del padre.

Muchas familias se forman con parejas que tenían hijos de una relación anterior. Cuando se escoge vivir con un hombre que ya es padre, se corre el riesgo de verse rechazada por ellos. La llegada de la madrastra altera una especie de equilibrio anterior en el que el niño o la niña pueden guardar aún la ilusión de que sus padres volverán a estar juntos.

Estas mujeres tienen que construir una relación con los hijos de su pareja. Hijos que no han deseado, ni han educado y para quienes representa el recuerdo de su madre, la ex del hombre con quien comparte la vida. Cuando se trata de hijas, la complicidad puede aparecer si se tiene cuidado, pero en muchas ocasiones también aparece la rivalidad. Al principio, en la mayoría de los casos, es inevitable, pues en esta relación se juegan los celos y las peleas por mantener en el corazón del padre un lugar importante.

Sin rencores

A Marta le costó mucho que las dos hijas de su pareja la respetaran. Elsa, de 15 años y Estefanía, de 17, le pusieron muy difícil la convivencia con su pareja. Los fines de semana, dejaban la ropa tirada, no ayudaban en la cocina y sus horarios alteraban completamente el ritmo que llevaba con Raúl. Marta, en un principio, para que ellas la aceptaran, comenzó a recogerles las cosas y a portarse como una madre tolerante en exceso, sin poner límite alguno ni defender su posición de pareja del padre. Se equivocó. Las hijas de Raúl, que estaban muy apegadas a él, no veían con buenos ojos esa relación y los sentimientos encontrados que tenían hacía sus padres los descargaban en Marta, a la que hacían responsable de la separación. Esa historia era falsa, pero a ellas les servía para salvar un poco la rabia que sentían hacía sus progenitores por haberse separado. En la fantasía de las niñas, era Marta la responsable y no sus padres.

El mayor error de Marta fue intentar sustituir a la madre. Cuando comprendió que lo que ella tenía que defender era su lugar de mujer junto a su marido, Elsa y Estefania dejaron de molestarla tanto porque se dieron cuenta de que la mujer de su padre no les quitaba nada. Pero para ello, Marta también tuvo que elaborar psicológicamente su rivalidad con la ex mujer de su pareja. Para conseguirlo fue muy importante la actitud de Raúl, que le dejó muy claro a sus hijas el respeto que debían tener por su nueva compañera.

Para las pequeñas, no es fácil aceptar a la mujer de su padre. Competirán con ella, pensaran que les quita su amor. La compararan con su madre, a la que siempre verán mejor, sobre todo al principio. Para una hija, la nueva pareja del padre es un estorbo entre ella y su progenitor, siente que en alguna medida se lo ha quitado, que lo tiene más tiempo que ella. Cuando por fin se aseguran de que no lo van a perder, pueden llegar a establecer con ella una relación enriquecedora que ayude a ambas.

Tampoco resulta sencillo para una mujer lidiar con las hijas de su pareja, sobre todo si éstas ya se encuentran en la adolescencia. Siempre le recuerdan que hubo otra mujer y esto le puede provocar interrogantes inquietantes: “¿Me ama porque me parezco a su ex? O, por el contrario: ¿Lo hace porque soy muy distinta a ella? Si antes amaba a otro tipo de mujer y se equivocó, ¿le puede pasar lo mismo conmigo? Si ya ha cubierto su deseo de ser padre, ¿querrá tener hijos conmigo?”.

Identificación

Las “madrastras” tienen que inventarse una relación con las hijas de su pareja. Ésta será gratificante si consiguen defender su lugar, pero sin ocupar el de madre. El intento de formar una nueva familia constituye una apuesta a favor de unas relaciones familiares saludables y da la posibilidad de ofrecerles un lugar de acogida que les ayude en su crecimiento. Proporciona más modelos de identificación a las hijas. Para que la relación funcione, es mejor que, al principio, la mujer no espere mucho de su “hijastra”. Cuando el vínculo se consolida, sirve para poner cierta distancia con su madre y, así, convertirse en una confidente.

Las claves

Conseguir una relación buena con las hijas de tu pareja tiene difi cultades, pero puede llegar a ser gratifi cante si se tiene en cuenta que:

• Hay que hacerse respetar con suavidad. Se debe prestar atención a sus necesidades, pero también hacerse entender. Hay que ser discreta y evitar las críticas desafortunadas. 

• No hay que intentar sustituir a la madre. En este caso se está rivalizando con ella, porque no se está segura del papel que se tiene. Está presente y es el pasado del hombre con el que estás. Tú representas el presente. Algo muy diferente es realizar una función materna.

• Hay que aceptar a los hijos de la pareja y saber que, aunque la madre no esté presente, lo está inconscientemente en la mente de la hija, que hará lo posible por no perder su afecto. Si muestras respeto por ella, redundará en tu benefi cio.

EL LIBRO
La ayuda de la madrastra


La actriz Jane Fonda narró en sus memorias lo complejo que resulta construir una identidad femenina, cuando una madre no tiene una buena relación con su propia feminidad, porque no se quiere a sí misma, y cuando el padre tiene serias difi cultades de comunicación afectiva. Cuando Jane tenía 14 años, y al poco del suicidio de su madre, entró en su vida la segunda mujer de su padre, Susan, que sólo tenía nueve años más que ella. Susan supo acompañarla durante su adolescencia y la ayudó en la construcción de su identidad femenina. Es el ejemplo de como una madrastra puede reparar las difi cultades que una hija ha tenido con su madre.

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