El paciente egoísta

Isabel Menéndez

El paciente egoísta

Autor: EL CORREO

Los enfermos difíciles piden demasiado a quienes les rodean y aprovechan sus situación para obtener beneficios. Si el paciente tiene un grado aceptable de salud mental y ha llegado a quererse con sus limitaciones, también aceptará mejor su debilidad. Lo que este tipo de enfermos hacen es ocultar dentro de sí mismo a un niño intransigente e infantíl que no ha sabido hacerse cargo de su vida.

Hay buenos y malos enfermos. Los primeros no dan la lata a quienes les rodean, siguen las instrucciones sin protestar y, por lo general, se curan antes. Los segundos reclaman constantemente atención, se quejan muchísimo, se ponen de mal humor y siempre se imaginan lo peor, no colaboran y agotan a quienes les cuidan. Y es que el modo de vivir la enfermedad tiene mucho que ver con la subjetividad de cada uno. Si el paciente tiene un grado aceptable de salud mental y ha llegado a quererse aceptando sus limitaciones, también aceptará mejor cualquier fallo o debilidad de su cuerpo.

Cuando se cae enfermo, se retira el interés que teníamos en los otros y en todo lo que nos rodea y nos centramos en nosotros mismos, en lo que sentimos, en lo que nos duele, en lo que pretendemos curar. Los enfermos difíciles tienen, a priori, una demanda excesiva sobre los otros y, aunque no sean conscientes, aprovechan su enfermedad para obtener algún beneficio. La usan para ser objeto del cuidado y la preocupación de otro.

Todos tenemos una cantidad de energía vital o libido que repartimos entre los otros y nosotros. Dedicamos a los otros ideas y sentimientos, pensamos en ellos y tenemos una representación de cómoson en nuestro psiquismo, que recibe una cantidad particular de energía psíquica. Cuanto más queramos a alguien o más importante sea para nosotros, más espacio ocupará en nuestra mente y más libido le destinaremos. De forma similar, el propio cuerpo encuentra una representación en nuestra mente dentro de una serie de recuerdos y sensaciones a los que queda asociado. La imagen corporal de nosotros mismos tiene que ver también con las vivencias que hemos tenido con otros. Su padre era un enfermo insufrible, pensaba Emma mientras salía de la clínica donde le habían internado, una vez más, por un problema del corazón. Su madre le había contado que, desde que su abuelo murió tras una larga enfermedad cardíaca, su padre siempre había tenido mucho miedo a vivir lo mismo. Todo en casa giraba alrededor de su salud. Emma lo había estado visitando mientras su madre trataba de calmar aquella queja infinita que nadie era capaz de sofocar. A veces se sorprendía pensando que su padre era egoísta y esto la molestaba. 

Infantíl y narcisista 

Emma se siente culpable cuando piensa así de su padre, pero no puede evitar sentir rabia contra él. ¿Por qué es un enfermo tan difícil? Un poco infantil y narcisista, el padre de Emma había estado muy fijado a sus padres. Cuando murió su madre en un accidente, se tuvo que hacer cargo de su padre, enfermo del corazón. A los 33 años se enfrentó a la vida solo. Las dificultades en el corazón tenían para él un significado evidente: la identificación con el padre. Entonces perdió el interés por su padre y por los que le rodeaban y se dedicó a sus ataques y a su miedo a morir. Temía que su corazón lo abandonara, como en la vida real tenía miedo a verse abandonado por su padre. Se sometió a ese estado de enfermedad y maldecía su propio corazón, al que, de alguna manera, había transferido la ambivalencia inconsciente que tenía hacia su padre. Desde entonces, cuando tenía dificultades y se sentía inseguro y ansioso, su corazón se resentía.

La rabia que siente Emma cuando su padre enferma y se muestra quejumbroso se debe a la sospecha de que esta actitud es la responsable de la incomunicación que siempre ha mantenido con su padre, que, lejos de apoyarla en sus dificultades, ha sido un hombre al que sólo se le podían dar alegrías porque si no enfermaba. Cuando una persona es muy infantil e inmadura, es también narcisista. Todo gira alrededor de ella y tiene poca capacidad para pensar en lo que los otros necesitan. Su energía psíquica se ha vuelto sobre sí, pero mantiene una queja infinita para mostrar que en algún momento no le cuidaron lo suficiente. El paciente egoísta oculta dentro de sí a un niño intransigente que no ha sabido hacerse cargo de su vida ni de su cuerpo.

LA CLAVE

La enfermedad nos enseña nuestra fragilidad como humanos. Según como nos llevemos con nuestras debilidades, la aceptaremos mejor o peor.

El enfermo que lleva muy mal su dolencia no sólo no acepta las carencias en él, sino que tampoco las reconoce en el otro. Por esa razón, no piensa en el agotamiento que puede producir en quien lo cuida.

Si no se han saldado cuentas con el pasado, una enfermedad se puede utilizar para obtener beneficios secundarios. Por ejemplo: ser cuidado, no responder a las demandas externas o chantajear a otro para mantenerle cerca. Tales actitudes muestran la extrema dependencia que se tiene del otro.

Quien cuida a un enfermo demasiado demandante, hasta el agotamiento, sin ponerle límites, le gusta ser necesitado.

El paciente egoísta canaliza a través de sus quejas y su cuerpo dificultades psicológicas que pertenecen al pasado y que no le han dejado crecer.

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