Vivir en positivo

No quiero ser como mi madre

  • No quiero ser como mi madre No quiero ser como mi madre Isabel Menéndez

  • No quiero ser como mi madre No quiero ser como mi madre Isabel Menéndez

  • La madre es la primera persona que nos quiere y la primera a la que queremos. Pero, antes de amarla, tenemos que diferenciarnos de ella. Su figura está muy presente en el proceso de construcción de la propia identidad, pues, incluso cuando no queremos parecernos a ella, su influencia es sumamente determinante. En este caso, construir una subjetividad libre de conflictos será mucho más difícil, pero no imposible.

Cuando se plantea la idea de no parecerse a la madre es porque su propietaria posee, por lo general, los suficientes recursos psicológicos para elegir cómo quiere ser y que le permiten rechazar las características maternas que no le gustan. Se trata de una idea saludable en la adolescencia, cuando la chica lucha por tener una personalidad propia, por hacerse una mujer e independizarse de su madre. Esta figura es para la niña un modelo. Quiere parecerse, porque la quiere. También desea, en la primera infancia, lo que tiene la madre (el padre, por ejemplo).

Personalidad dependiente

Pero la figura materna no puede responder a todas las demandas de la niña. Así, cuando le pone los límites educativos, la niña se vuelve hacia el padre para que éste le dé lo que la madre le niega. De esta forma, pasa a querer a los hombres. Para que este paso se produzca, la madre ha tenido que poner en la niña la cantidad de amor suficiente para que se sienta querida y sea capaz de construir una identidad sexual con la que se sienta a gusto. Si la madre tiene conflictos con su feminidad, a la hija le resultará más complicado organizar la suya.

“No, no quiero ser como mi madre”, pensaba Carola al salir de la sesión de psicoterapia. Al ser capaz de expresar ese deseo, tuvo un sentimiento de liberación que le hizo sentirse bien. Entonces le vino a la memoria un verso del músico Antonio Vega que hablaba de un lugar donde “se encuentran fantasía y realidad”. Y advirtió que su fantasía más recurrente, la de no ser como su madre, podía hacerse realidad. Carola había acudido a tratamiento porque apareció un antiguo problema con la comida que creía resuelto y que la deprimía. Había temido ser bulímica, pues en ocasiones no podía evitar un atracón tras el que vomitaba. A lo largo del proceso terapéutico llegó a comprender que los ataques de hambre tenían que ver con una insaciable demanda de amor a su madre. Se trataba de una mujer muy ocupada con sus regímenes y su gimnasio, de la que había recibido poco afecto. Todo su cariño lo tenía reservado para su hermano pequeño, porque a su marido tampoco le quería. A Carola le encantaba su trabajo y se había dedicado de lleno a él, huyendo del modelo de su madre, que siempre se había quejado de no trabajar fuera de casa.

Tenía 36 años y su pareja quería tener un hijo. Ella, que no estaba segura, comenzó a tener dificultades para quedarse embarazada. Estos problemas tenían relación con el miedo a colocarse en el papel de madre. Comenzó a padecer ciertos síntomas, como los vómitos, que asoció al embarazo. Pero este suceso es, con frecuencia, un intento de expulsar fuera de sí lo que no se puede elaborar psicológicamente. Los atracones de comida eran en Carola un intento de tapar las carencias afectivas que su madre había dejado en su interior. Deseaba volver a su seno, a fundirse con ella. Después, en un intento de separación, vomitaba. No podía tragarse el desamor materno.

Cuando aceptó los conflictos maternos y comprendió que la incapacidad para que su madre la quisiera no era culpa suya, comenzó a liberarse del vínculo que la ataba a ella. El rechazo que le tenía le producía culpa, de modo que, más que elegir cómo quería ser, huía para ser lo contrario. Por eso todo se complicó cuando se vio abocada a ocupar el lugar de madre. Carola sabía cómo no quería ser, y tal es el principio de una elección forzada por el rechazo. Después de elaborar las culpas, la ambivalencia y la rivalidad hacia su madre, pudo comenzar a eligir cómo quería ser.

CLAVES

La madre, aun cuando no se quiere ser como ella, marca en nuestra infancia la forma en que vivimos nuestra identidad. Una de las características de la madre que más rechazo produce en la hija es la incapacidad para mostrar afectos.

Cuando la madre depende demasiado del padre, y cuando éste es agresivo o violento, no sabe proteger a sus hijos. Suele creer que aguanta todo por ellos, pero, tras esa argumentación, se esconde el miedo de una niña.

En ocasiones, la hija puede parecerse a la madre en aquello que más rechaza de ella. Esto se debe a que la culpa que le produjo la obliga a incorporar como propio el rasgo que detesta. Es un autocastigo y un intento de comprender a la madre.

Cuando la madre ha podido construir una feminidad con la que se siente a gusto, transmite a su hija una buena relación consigo misma y con los hombres. Si no lo puede hacer, es porque ha sufrido conflictos que no ha podido elaborar. En este caso, no ser como ella es saludable.

Si la hija se encuentra con conflictos que la hacen sufrir, puede resolver en un tratamiento psicológico las huellas que la subjetividad de la madre dejó en ella.

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