¿Alguna vez te has “puesto rojo como un tomate”? ¿Cuándo eras pequeño algún mayor te dijo ¡se te debería poner la cara roja de vergüenza! por lo que has hecho? La mayoría de las personas hemos pasado por esta experiencia que, a pesar de ser tan habitual y natural, los científicos aún no consiguen explicar.
Según el doctor Frans de Waal, profesor de comportamiento de primates de la Universidad de Emory, en Georgia, Estados Unidos, los seres humanos "somos los únicos primates" que se sonrojan, y la teoría de la evolución de Charles Darwin no ofrece una respuesta que explique el rubor facial de las personas.
El catedrático estadounidense señala que nos ruborizamos en respuesta a situaciones embarazosas o cuando nos sorprenden diciendo una mentira, pero aún se ignora “el porqué necesitamos una señal tan obvia para comunicar estos sentimientos".
"No somos la única especie capaz de cambiar de color, ya que el calamar cambia al igual que otros animales cuando sufren estrés o debido a un proceso hormonal, pero los seres humanos somos los únicos que lo hacemos como una forma de expresión, que además es involuntaria ", ha explicado el investigador.
Según el experto, el rubor podría ser una señal a través de la cual intentamos comunicarle a otras personas que somos conscientes del impacto de nuestras propias acciones, y que nos interesa cooperar con los demás y nos preocupa la honestidad.
Para el doctor De Waal, el sonrojo sigue siendo un gran misterio, sobre todo porque es una expresión que no nos ofrece ninguna ventaja. Tampoco queremos mostrarla, e incluso cuanto más intentamos controlarla, todavía más nos sonrojamos.
Cuando nos ruborizamos, los vasos sanguíneos en nuestra piel se dilatan y permiten que fluya más sangre hacia la zona que irrigan, lo cual provoca que aparezca el color rojo en el rostro.
El enrojecimiento súbito de la cara puede llegar a convertirse en un serio problema para determinadas personas.
Hay individuos que desarrollan un rubor facial exagerado ante numerosas situaciones cotidianas, lo que puede acabar impidiéndoles desarrollar una vida personal y profesional normal.
En estos casos se aconseja una atención y seguimiento médico que puede consistir en un tratamiento dermatológico o en un abordaje psicológico-conductual o, incluso, psiquiátrico.
Sin embargo, en aquellas manifestaciones más extremas, en las que la enfermedad no remite a pesar de los tratamientos habituales, el rubor facial puede corregirse mediante cirugía.
“El índice de éxito de la técnica quirúrgica supera el 80 por ciento de los casos operados”, indica el doctor Carlos García Franco, especialista en Cirugía Torácica, de la Clínica Universitaria de Navarra.
“Una persona sufre rubor facial patológico cuando se produce un enrojecimiento brusco de su cara sin que exista ninguna circunstancia aparente que lo justifique, lo que genera en el paciente una seria limitación social”, describe el facultativo.
Los factores desencadenantes suelen ser situaciones que provocan estrés, como hablar en público, temor a ser observado o a permanecer en compañía de otras personas, miedo a diversas situaciones, incluso, al propio rubor.
La técnica para tratar el rubor facial consiste en efectuar dos incisiones en cada lado del tórax, por donde se introduce una óptica que permite localizar la cadena simpática, “que es la que controla la sudoración y el rubor facial”, describe el especialista.
Una vez localizada la cadena simpática, el cirujano debe seccionarla a la altura del segundo ganglio simpático. La intervención suele prolongarse una hora, se realiza con anestesia general y requiere un ingreso de 24 horas. El paciente puede volver a hacer una vida normal una semana después.
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