Dicen que enamorarse es suscitar en alguien la pasión del amor, experimentar un sentimiento intenso hacia otra persona que nos completa, nos alegra y nos da energía. Dicen que es una sensación maravillosa que nos hace gozar y descubrir aspectos de nosotros mismos que no conocíamos. Dicen que enamorarse, y ser correspondido, es una de las cosas más bellas que puede sentir una persona. Dicen también que ese amor nos hace sentir mariposas en el estómago, que nos hace ponernos nerviosos con sólo oír pronunciar su nombre, que envuelve todos y cada uno de nuestros pensamientos e impregna el ambiente de un “no sé qué” especial. Eso dicen… Pero ¿es fácil enamorarse?
Si hay algo que a todos los seres humanos nos mueve y nos conmueve es el amor. Según las conclusiones que se extraen de una mesa redonda organizada por Meetic Affinity “el amor tiene que ver con uno mismo, porque empieza en uno mismo, se propaga desde uno mismo. Significa plenitud y crecimiento; autoconocimiento, esfuerzo y aprendizaje; comunicación, respeto y decisión”.
Sin embargo, en los tiempos que corren, el ritmo frenético al que vivimos y la falta de espacios comunes en los que socializarnos hace cada vez más difícil el contacto personal. Los círculos personales se van cerrando y cada vez estamos más aislados. El tiempo se convierte en un bien cada vez más preciado por su escasez y la soledad pasa a ser un estado deseado por muchos pero obligado para otros, por lo que conocer gente nueva externa a nuestro círculo próximo más habitual es cada vez más complicado.
Pero, aunque no el amor no sea una asignatura que se enseñe en colegios y universidades, a amar también se aprende.
Los flechazos y enamoramientos repentinos están muy bien hasta un determinado momento. Sin embargo, y a pesar de que la ilusión es fundamental en todo buen comienzo y muy recomendable para que no llegue un final prematuro, lo cierto es que no sólo podemos guiarnos por el corazón. La cabeza y, porque negarlo, la intuición, juegan un papel fundamental a la hora de elegir a nuestra media naranja.
Experiencias pasadas, referencias de terceros, pequeños secretos que vamos revelando del otro en la fase de conocimiento… Cualquier detalle, por insignificante que parezca, es muy importante para saber si estamos fijando nuestro objetivo en la dirección deseada.
Una vez pasada la primera fase de atracción física e interés personal, nos encontramos en el periodo que el filósofo Ortega y Gasset llamó “de imbecilidad transitoria”. Y éste es el momento más “peligroso”. El amor se nos cuela casi sin darnos cuenta y, una vez atrapados, es complicado dar marcha atrás, por lo que es fundamental que la elección haya sido la adecuada.
El fenómeno conocido como catatimia, que es un estado emocional de “intenso colorido afectivo”, dirán los expertos, nos hace percibir la realidad de nuestro enamorado de una manera distorsionada por la fuerza de los sentimientos y de nuestros deseos inconscientes, atribuyéndole virtudes que no tiene y restándole defectos que no percibimos, quedando la realidad modificada e idealizada.
Una vez conseguimos salir airosos de esta etapa, podemos empezar a hablar, tímidamente, de amor. A diferencia del enamoramiento previo, en la fase del amor la posesión hacia el otro se sustituye por el deseo de dar y compartir, de formar un proyecto común imperecedero. Lo importante en este momento, será saber prolongar en el amor la ilusión y la chispa que se encendieron durante el enamoramiento, pero en un grado más maduro y consolidado.
A partir de aquí,
el respeto, la comprensión y la imaginación serán
claves para lograr el éxito de lo que un día fue enamoramiento y con el tiempo
se consolidó en amor.