Marián Barahona Cordero
Todas las tardes estaba contigo, pero aquel día no. Te fuiste sin esperarme, sin decirme adiós. ¡Cuánto lo siento! Era una mujer buena, muy buena. Era mi madre.
Adoraba a sus hijos y adoraba a su hombre, a su marido. Sus ocho hijos eran su triunfo y su razón para vivir y sentirse más que feliz por seguir viviendo.
Cuando una madre te deja es como si un trozo de tu corazón te faltara. Nada es igual y todo parecido. Sigues adelante pero siempre te falta algo que necesitas para seguir.
Siempre crees que son las madres de los demás las que se van y que a ti nunca te va a pasar. Sin embargo, llega, y por más vueltas que le das no terminas de asimilar que es así y que no hay vuelta de hoja. Es lo que tenemos.
Ella nos ha dejado a su marido, mi padre, para recordarnos que la vida sigue. Que nuestro corazón sigue ocupado por él porque tenemos que cuidarle como ella lo hacía.
"Quiero dejar buen recuerdo", decías siempre. Madre: lo has dejado en todos nuestros corazones y en el de tu marido que en su demencia, no se cansa de llamarte mil veces al día. No es fácil y tú lo has hecho, nos has dejado el recuerdo de amor más hermoso que alguien puede tener. Gracias mamá.
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