Su marido, más acostumbrado a los buenos modales en cualquier circunstancia, me recibe con una amplia sonrisa masculina sin neuronas que entrechoquen y se pregunten si mi apariencia es o no aceptable. Así comienza lo que sería “una entrañable reunión familiar”.
Tengo que decir en mi favor que todo el mundo: cuñadas y sobrinas habían ido a la peluquería y con la apariencia de viejas muñecas de cartón con pelo de estropajo se esmeran en sonreír acompañadas de sus tripudos y satisfechos maridos enfundados en camisas y pantalones con caballeros o animales selváticos en emblemas bordados, mientras yo voy a descubierto, enfrentándome sin tapujos y con mis canas queriéndose escapar de la debacle que se avecina y de sus miradas de desprecio provinciano y sus palabras sacadas del último libro leído con prisas en sus habitaciones de diseño.
Recibo clases de estilo, cocina y educación infantil junto con las magistrales lecciones de historia de tu hermano al que no corrijo porque se ofende fácilmente.
Cuando no lo resisto me refugio en la ironía y el fregado, pero a pesar de mis esfuerzos siempre hay alguien que llora un desaire o piensa ofendido en mi mala educación por no haber recibido a la familia como se merece, porque aunque no se conocen sus antepasados ilustres ellos van pregonando su linaje en reuniones de calado nacional y en la intimidad de mi mesa de comedor.
Cuando se van me rodeas la cintura con tus brazos y sonríes embelesado con la felicidad de haber recibido a los tuyos en tu hogar al mismo tiempo que yo te miro incrédula, maldiciéndote por hacerme pasar por todo esto, por no haberme ahorrado la pantomima y por tener que aferrarme desesperadamente a la imagen que guardo de tí para estas ocasiones en las que tú no eres suficiente.
Recibimos cartas de amor y las publicamos. Mándanos la tuya a redaccion@hoymujer.com y cuéntale a todo el mundo cuánto le amas o cuánto no. y quién sabe, a lo mejor la carta de hoy es para tí...