Y lo insignificantes que son ahora los problemas cotidianos y hablarte de mí y de ellos y de Luna, para sentirte reir un instante.
Y decirte lo bella que estabas toda vestida de blanco, como la nube hacia donde ese día volaste. Pero, sobre todo, para pedirte perdón por no dejar de llorarte, porque eso, dicen, te impide la paz y el descanso.
Pero es que yo no quiero pensarte allá lejos sino sentada en un banco esperando que yo pase y te vea y me siente contigo un instante.
Para Vanessa, con amor, de Mary.
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