Carta para...
Era nueva en aquella oficina. Tú, mi jefe. La primera vez que me senté delante de tí con mi libreta y mi bolígrafo sólo vi tus preciosos ojos negros y tus bien cuidadas manos.
No vi o no quise ver el retrato que enfrente tuyo, tenías en la mesa. Eran ellos, ¡tu familia! Aquel viaje para cerrar un contrato hizo que nos conociéramos más. Una noche después de unas copas pude hacerte mío. No me importaba ser la otra.
No me importaba que el mundo entero supiera que a partir de las siete de la tarde y durante dos, tres días a la semana era mío por unas horas. Sólo mío.
No me importaba que te fueras tú con los tuyos, yo a mi casa. Como los volcanes en erupción fue nuestro amor para ti. Al principio pura explosión de pasiones y sentimientos, luego… sexo y finalmente indiferencia. Para mí, siempre amor.
Nunca me dijiste que la dejarías a ella por mí. Nunca te lo pedí. “Hoy no puedo….” “tengo una reunión” y empezaron a ser en vez de tres encuentros amorosos, dos y finalmente uno.
¿Por qué no te conocí yo primero? ¿Cómo serían nuestros hijos? ¿Qué sucede dentro de mí, para que no pueda olvidarte ni un solo minuto?
Bajas los ojos cuando te hablo. No contestas mis llamadas. Cada vez más veo en mi mesa, en vez de notitas de amor como antes, los trabajos que debo realizar para ti.
Mil veces he escrito mi carta de renuncia. Mil veces la rompí ¿Qué serian los días sin verte? Mil veces te he jurado amor eterno, en silencio.