Se puede decir que llegaste hasta mí cabalgando, con el primer aliento de la primavera. No eras hermosa ni batías con gracia tus alas, pero conocías como nadie el lenguaje de las flores. Yo te había visto muchas veces desde mi ventana visitar los jardines vecinos. Primero uno, luego otro y otro...
Nunca pensé que fueras a colarte en el mío y cuando lo hiciste, creí que tu visita sería tan fugaz como las que hacías a los otros lugares y te espantaba con la mano celosa de mis flores. Pero viniste un día tras otro sin descanso y empezaste a abanicar el aire con tus alas de seda y a posarte en mi pelo con elegancia y a rozar suavemente, como de puntillas, mi rostro. Y me quedé contigo.
Planté nuevas flores en mi jardín para ti y busqué nuevos soles y nuevas lunas para nuestros días. Puse en medio del lugar una fuente de agua fresca y cantarina y esperaba impaciente cada amanecer para contemplar juntas el rocío que perlaba el césped. Hice un jardín-reino sólo para ti, Hombre-Mariposa, y tú alteabas feliz por todos sus confines. Pero no pasó mucho tiempo cuando, añorando quizás tu pasado libre, empezaste a deslizarte furtivamente por entre los setos y yo entonces comencé a olvidarme de los pájaros y de la lluvia y una agonía de flores marchitas cubrió mi alma. El jardín es ahora un mausoleo de hojas secas.
Tú sigues escapando cada mañana en busca de nuevas aventuras y cada noche te cuelas puntualmente por mi ventana siempre abierta, atraída tal vez por la luz de mi estancia. Revoloteas unos instantes a mi alrededor y pernoctas en mi hombro dejando tras de ti un rastro de aromas de flores ajenas.