
Un día empezaron a tomar forma. Eran iguales que las de tu madre, un calco de ellas. Se convirtieron en unas manos avispadas, con ganas de saber, de aprender, de tocar, de descubrir. Se lanzaban a la gran cesta de muletón en la que tu abuela amontonaba las telas para confeccionarlas.
Eran placenteras sus enseñanzas y pronto te familiarizaste con una de tus pasiones, coser, bordar, tejer. Tan sólo el terciopelo te daba una cierta grima. Eras una jovencita locuaz e inteligente y pronto le dabas buen uso a todo lo que te proponías. Ansiabas, como cualquier joven de aquellos años, que alguien te pusiera un anillo en el dedo. Era importante casarse joven, tus hermanas eran más precoces que tú.
La presión familiar hizo que se endureciera tu carácter y se volviera más radical. Aquellas manos blancas y bien cuidadas lucieron por fin su alianza. Como buena andaluza supersticiosa no te la quitabas por ninguna causa, haciendo oídos sordos a quien te llevara la contraria. No importaba que se estropearan.
Disfrutaban lavando a mano con jabón especial las prendas de tus bebés, y luego hasta las de tus nietos. Con el mismo amor las tendías con mimo para que no se deformaran las pequeñas prendas de lana que tú habías confeccionado con tanto esmero. Se volvieron unas cualificadas en las tareas para tu hogar. Nada se te resistía.Todo estaba impoluto y cuidado.
Un día empezaron a deformarse, ¡no te importaba!. Esas pequeñas deformaciones las considerabas como pequeñas muestras del amor por los tuyos, de las muchas horas empleadas en hacer tortillas de patatas, hermosas enaguas, sacar brillo a aquella lámpara de mil chupones de cristal.
Ya septuagenaria, bordaste un hermoso mantel para mí. Cada puntada, cada vez que tenías que enhebrar la aguja había un pensamiento, un consejo, una demostración de cariño. No se ha usado ¡tiene tanto amor!
Un día, huesudas como cuando naciste. Grises, con las venas azul-moradas, y arrugadas por los años, me las enseñabas con tristeza. ¡Mira nena, son manos de vieja! No contesté, asentí en mis adentros y lloré en silencio.
Tu alianza ya desgastada por los más de setenta años puesta en tu mano te venía grande. No importó demasiado. La colocaste en el dedo corazón. Me hiciste prometer que cuando te fueras la echaría en la tumba en medío de los dos. Así lo hice.
Siempre habías querido que en tu funeral hubiera tres coronas una por cada uno de tus hijos. Yo te compré la más hermosa. Cuando emprendías tu último viaje apareció como de la nada tu manita. Ibas tirando por el camino los claveles indicándonos tu nueva morada por si a algún desmemoriado se le olvidaba.