Hace mucho calor y me estoy bañando en un agua fresca y cristalina, me dejo mecer por el vaivén de las olas. En el horizonte diviso las siluetas de unos veleros que navegan empujados por una suave brisa veraniega y, si levanto la vista, veo el cielo de un azul perfecto, sin una sola nube.
Salgo del agua y decido dar un paseo, descalza por la arena, dejando que la espuma del mar se lleve el rastro de mis huellas. Camino y camino sin rumbo fijo pero sin preocupaciones, disfrutando del sonido de las risas de unos niños que están chapoteando en el agua y de otros que, ilusionados, construyen castillos y fortalezas de arena. Sombrillas y toallas multicolores se extienden hasta el infinito, llenando la playa de vivos e intensos colores estivales.
Me cruzo con parejas de enamorados que andan cogidos de la mano, pero también con hombres y mujeres que pasean su soledad por la orilla del mar. De pronto, agacho la cabeza y veo una concha que parece tener forma de corazón. Como si fuera un tesoro, la recojo, para guardarla de recuerdo. No pienso en nada, pero sé que no olvidaré lo que estoy viendo y sintiendo.
Me siento en la arena para contemplar el ya cercano atardecer. Con melancolía, miro como el cielo se va tiñendo de ámbar y fuego, colores ciertamente cálidos pero que anuncian el inexorable final de un día de ensueño en la playa.