Últimamente me despierto agarrada a los pliegues que por la noche convertí en imagen tuya. Te echo demasiado en falta y eso me juega malas pasadas. Adquiero capacidad de diseñar sueños y formas que se parezcan en todo a ti. Aunque sean sólo unos días, un puñado de minutos...
La culpa es tuya y sólo tuya por plantarte aquí delante provocándome ese algo que me pellizca el estómago ahora de forma continua y me separa los labios para que no deje de dibujar sonrisas interminables. Me sorprendes y te cuelas de la forma más sutil por los recovecos más tímidos de mi cara, mientras me miro en la tuya, que compone el mapa geográfico más perfecto que encontré.
Y yo sigo sin saber cómo lo haces...
Rodeas con tus brazos un microclima que aísla y que me defiende de todo lo que queda fuera, girando de forma precipitada, a grandes velocidades, y me convierte en princesa de esas de melena larga, de época y de castillo.
Cómo irse de un lugar donde tocar el cielo resulta tan sumamente fácil... Es un pequeño secreto, únicamente mío, tuyo, o nuestro, que sólo se deja ver al cerrar fuerte los ojos. Pierdo las defensas ante tí o me deshago de ellas, porque ya no me hacen falta, porque es el tren más seguro que me pude imaginar.
Y, por qué no, también me gusta la sensación de que mis pies no toquen el suelo durante algunos momentos, de bailar a nuevos ritmos y de notarme más dulce (o quizás seas también tú...).