Mañana, día 26 de julio es el cumpleaños de mi hija pequeña, cumple 36. Hoy, al ver cómo han cambiado las cosas, añoro aquel día y lo que fue su infancia.
Llegó la última después de dos hijos anteriores. una niña y un niño. Los mayores nacieron muy seguidos y no pude disfrutar de sus primeros años. Cuando nació el niño, a la mayor todavía había que darle la comida, cambiarla los pañales... en fin, atenderla. Cuando vino el segundo tenía 23 años y dos hijos pequeños y me faltaba experiencia, ayuda, horas y manos para atender a los dos. Siempre llevaré esa sensación de culpa en mi corazón, con el sentimiento de que no lo hice bien. Los atendía pero como una autómata, sin tener tiempo de dedicarles caricias, mimos, jugar con ellos...
Lo siento, ahora sé que no lo hice bien, pero entonces no me daba cuenta. Cuando nació la pequeña, los mayores empezaron a ir al colegio y los dejaba a comer para tener más tiempo libre y poder atenderla, y por fin lo logré. La podía coger, besar, después del biberón la tenía en mis brazos tiempo y tiempo disfrutando con verla tranquila, serena, cuidada.
En su infancia fue una niña tranquila, no era llorona y sobre todo muy cariñosa conmigo. Me colmaba de besos y cuando fue creciendo, para ella era la madre más guapa que había en el mundo. Hemos seguido así mucho tiempo. Ha sido mi confidente y ayuda en muchísimas ocasiones, y gracias a ella he podido sobrevivir a momentos de gran amargura. Pero poco a poco las cosas han cambiado.
Ya no es aquella niña y adolescente que siempre estaba contenta y era feliz. Hoy está casada, tiene un hijo y la vida también le ha dado muchas preocupaciones. Sin darnos cuenta y sin saber en qué momento nos hemos distanciado. Ya no tenemos confianza para decirnos ni lo bueno ni lo malo. Hemos perdido esa chispa que nos mantenía tan unidas.
Para mi estas palabras más que un texto son una reflexión, cuándo, cómo, por qué? No lo sé, la vida no ha sido fácil para ninguna de las dos y eso a veces te hace estar deprimida, cansada y no cuidas cómo debieras a las personas que te quieren. Pienso que la culpa es mía. A ella le queda toda una vida por delante y sin embargo yo tenía que haber aprendido de mis errores anteriores y también de mis años vividos, para saber que no hay que dar importancia a discusiones tontas, a una contestación un poco airada o ese gesto que nos ha parecido no muy cariñoso.
Yo, como persona de más edad tengo la obligación de allanar el camino de los que vienen andando detrás y si es posible, evitar que tropiecen en la misma piedra.
Mañana llamaré a mi hija, intentaré sacarle una sonrisa, le regalaré algo que le haga ilusión, e intentaré que le llegue todo el amor que siento por ella y que hasta que falte siempre seré su madre para olvidar y quererla.