Tonalna
“Con el primer marido lo compartía todo, no tenía secretos para él. Le contaba absolutamente todo, creyendo que eso nos acercaba más.” “Con el segundo soy más prudente. Guardo una parcela de mi intimidad para mí, no lo cuento todo. Así se evitan malos entendidos”.
Curiosa coincidencia, pero desconozco a la mujer que escribió esto. Es exactamente lo que me sucede a mí y que he puesto en práctica hace muchos años. Estaba convencida de que cuanto más supiera mi novio de mí, de mi familia, de mi corta vida, más nos uniríamos, más nos compenetraríamos. A él le exigía lo mismo.
Un día todas aquellas confidencias, sobre todo los secretos de familia, los vi estampados en mi cara. Aprendí. Hay una parte de mi intimidad que nunca más compartiré con nadie. Sin querer decir que no comparto mi vida con mi marido ¡no!
Entre nosotros no hay secretos. Simplemente tenemos unas páginas de nuestro diario personal que no las vivimos juntos. Otras que son intimas y que no quiero compartirlas con nadie. Él lo entiende y lo respeta, es más, lo prefiere. Incluso, es curioso como se cambia, en cuanto a la elección, de la primera vez a la segunda.
Buscas a un príncipe azul en un BMW, con un futuro brillante, con don de gentes, con experiencia, para que te enseñe, porque tú no tienes ninguna. A poder ser guapo e inteligente.
Cuando me enamoré de mi marido sólo vi su ternura, su comprensión, su amor por mí. No me importó su altura, ni su físico. Era como mi padre, un hombre “de traje gris” y eso en mi jerga era “hombre casero, metódico, educado y respetuoso” Un príncipe de color gris brillante.