He de confesar que mi participación en esta fiesta propia del mes de Febrero no ha ido nunca más allá de la confección o compra de algún disfraz para mis hijos. La verdad, nunca he sido muy de carnaval pero reconozco que algunos aspectos de esta celebración tienen cierto encanto. Al fin y al cabo se trata de pasarlo bien y de divertirse.
En España, las murgas y comparsas tienen en estos días gran relevancia y no sólo sirven de mera distracción, pues con sus canciones y puestas en escenas, son a menudo, y ahora más que nunca, la voz de un pueblo descontento que aprovecha la oportunidad que les brinda estas fiestas para lanzar críticas y palabras mordaces en contra de problemáticas de índole social o política, con la esperanza que sus voces sean oídas.
Más allá de nuestras fronteras, el carnaval es vivido de maneras diferentes. Brasil se lleva probablemente la palma en cuanto a ritmo y música. Son los reyes del baile, de la samba y de los desfiles callejeros, gente espontanea que no se corta a la hora de exteriorizar su alegría y sus ganas de pasarlo bien. También es cierto que disfrutan de un clima y temperatura envidiables en estas fechas y ello por supuesto ayuda y mucho.
Pero de todos los carnavales, con el que me quedo es con el de Venecia. No sé si es por el encanto de la ciudad de los canales, pero sin duda alguna, más allá de la diversión, me atrae este halo de misterio que parece envolver a toda esta gente que va vestida con estos trajes y máscaras tan soberbios y majestuosos.