Purificación Cabrera
Me acerco hasta ella y está dormitando, sentada en su silla de ruedas y con la labor en la mano, en su rostro se refleja la más dulce de las sonrisas, le acaricio su rostro con el dorso de la mano, se sobresalta, abre los ojos y corresponde a mi sonrisa.
Roxana, ¿como te encuentras?. - Soñaba.- Ya lo veo, y era un sueño feliz.-
Roxana me cuenta su sueño, que en realidad no lo es. Sólo un recuerdo del pasado.
"Sabes querida, cuando ya era una mujer madura, descubrí el amor de un hombre.
Hacía años que yo me había casado, pero me aburría, y como terapia acudía a una academia donde impartían clases de pintura. En ella aprendí mucho, ves, mira que bien dibujo, (y me enseña su trabajo) me daba cuenta de que el profesor, más o menos de mi edad, me prestaba a mí más atención que a las demás".
"Pero un buen día, me presenté en la academia con un cuadro que yo había realizado sola en casa, ya se lo había comentado, tenía una gran ilusión en ello, y una vez enmarcado se lo llevé. Él sabía la ilusión que me hacía, y al entrar se lo mostré en alto. Él se acercó hasta mí lleno de alegría y con los brazos extendidos, en ademán de abrazarme e izarme. De pronto, dejó caer sus brazos inertes porque recordó que no podía hacerlo, que no podía expresarme su amor, que yo era una mujer casada. Bajé los ojos al darme cuenta de ello, y vi los suyos sombríos. Su sonrisa había desaparecido. Comprendí lo que sentía, hice como si no me hubiese percatado de ello, y le hablé como si nada sucediese".
"Años después decidí montar una exposición con mi trabajo. Mantones, colchas, abanicos, cuadros... Le llevé unos carteles para que los colocase en la academia, ya que era no sólo de pintura, también de otras cosas, y allí acudían a diario muchas personas. Una tarde me acerqué en busca de una plantilla para un nuevo trabajo y, al entrar, vi que en la puerta había colocado uno de mis carteles pero, ¡cuál no sería mi sorpresa!, que al cerrar la puerta otro estaba colocado en ella, y más adelante había más.
Los había colocado por todos sitios, había hecho fotocopias y todo el centro académico estaba lleno de ellos, pero al ver el de detrás de la puerta, éste fue el que más impacto me produjo. Esbocé una sonrisa, pues pude ver la suya cuando colocaba los carteles. No estaba allí cuando lo hizo, pero mi mente me lo rebeló todo en un instante. Vi su ilusión y su alegría, sentí que no eran carteles, que eran pétalos de rosas que él había esparcido para mostrarme su amor. Y pude sentirlo".
"Sí, sentí cuánto me amaba. Tuve la sensación de que en mi recorrido por la academia yo iba caminando sobre esos pétalos de rosas, y deseé darle las gracias, y lo hice en silencio, desde el silencio más profundo de mi corazón. Le dije GRACIAS, gracias por tu amor.”
Por el rostro de Roxana resbala una lágrima mientras sus ojos se cierran de nuevo.
La felicidad y la paz se refleja en su rostro. Roxana se queda de nuevo dormida, no sé si lo que acaba de contarme es sueño o realidad pero ella, a sus 80 años, es feliz con sus sueños. O con sus recuerdos...
Me acerco al armario, tomó una manta, le quitó su trabajo, y la cubro con ella. La dejó en su habitación y me voy a visitar a otros residentes.
El bastidor donde está su labor está ya sobre la mesa, todo él lleno de pétalos de rosas.
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